La Palabra en el Tiempo 105

Es voz común que atravesamos una crisis en la educación en valores. Hay una
exaltación mal interpretada, sobre todo en los adolescentes, de la libertad
que la convierte en libertinaje. Se nota en el trato indiferente que se da a las
personas ancianas mermadas en sus facultades, y se airea sobre todo en el
lenguaje grosero, malsonante, soez e irreverente que con tanta facilidad se
utiliza. Quiero aludir hoy, concretamente, a la blasfemia, demasiado
frecuente y facilona y que denota el tono barriobajero y pobretón del léxico
que se utiliza. La utilización del lenguaje sagrado debiera ser una línea roja
porque puede herir sensibilidades profundas de las personas. La libertad
exige respeto.
Pocos saben, además, que la palabra “Dios” es antiquísima que se respetó
siempre por todos los pueblos. Proviene el idioma sánscrito, significa “día” y
que los griegos matizaron como “luz diurna, luz brillante”, que da vida, que
permite ver y que fundamenta el sentido de nuestra vida.
En la antigüedad a los dioses se les vieron como omnipotentes, lejanos,,
justiciero, vengativos, intolerantes. Así los concebían los antiguos,
sospechando que había algo-alguien misterioso del que dependía todo, la
creación y la vida, la suerte de la vida La revolución que trajo el cristianismo
con la revelación que nos hizo Jesús fue extraordinaria y catártica. Nos quitó
todos los miedos y sospechas. El Dios verdadero, no el imaginado por el
hombre, sino el que nos manifestó Jesucristo es todo lo contrario, es Amor,
es Padre lleno de misericordia. Más todavía, es Trinidad, es familia, es
comunión de personas. Hemos dedicado demasiado tiempo, incluso en la
catequesis, a intentar inútilmente descifrar el misterio de Dios. Nos
sobrepasa. Si no, no sería Dios. De ahí, el mantra:“esto es más difícil de
entender que el misterio de la Trinidad”
El próximo domingo celebramos la Fiesta de la Trinidad. Un día, no para
hacer silogismos sobre la vida divina, sino para dejarnos inundar por ella.
Celebrar que Dios es amor, y, aunque me sorprenda, no puede no amarme.
Esa es su identidad. Y recordar que hemos sido creados a su imagen y
semejanza. Por eso nuestra felicidad está en amor. Pertenecemos a ese
Dios-Trinidad.