REJUVENECER LOS VOLUNTARIADOS

Sigue siendo lúcida, actual y estimulante la frase del presidente de los EE.UU. John F. Kennedy en su discurso de investidura, el 20 de enero de 1961: “No preguntes lo que tu país puede hacer por ti; pregunta lo que tú puedes hacer por tu país”

No hemos reflexionado suficientemente lo que ha supuesto esta larga etapa de confinamiento obligados por terrible pandemia que nos atormentó y  nos llenó de miedo, incertidumbre y muerte.  Pero ha tenido un efecto muy positivo, el despertar y emerger de la solidaridad. Se ha puesto de manifiesto que hay mucha bondad en el corazón de las personas. Lo paradójico es que en el bienestar y  la abundancia nos hacemos individualistas y en el dolor y la desgracia nos mostramos generosos, solidarios, humanos, fraternos. Uno de los hechos más gratamente llamativos es el número de personas que, movidas en el corazón, se han decidido a salir de sí mismas y hacer algo por los demás. Dejando en un lugar destacado y aparte a todos los que por su profesión se vieron implicados en primera y peligrosa línea dando un ejemplo, no  solo de profesionalidad, sino de humanidad, arriesgándose y dándose hasta poner en peligro sus vidas, hemos visto a muchas personas de toda clase y condición, grupos, empresas, comunidades, parroquias… que han aportado su grano de arena, estrujando su ingenio porque el amor tiene imaginación,  armando un improvisado taller de mascarillas, acudiendo a comedores sociales para entregar a hacer llegar alimentos a los necesitados o para llamar por teléfono y dar aliento y ánimo a las familias alcanzados por la enfermedad o que vivían solas.

Las mismas Caritas parroquiales han recibido más ayudas que nunca, en especie y en dinero, y los voluntarios, en su mayoría personas de edad y de riesgo, han estado también al pie del cañón atendiendo a los que llamabas a su puertas, tomando todas las precauciones y dando número de cita para evitar aglomeraciones, o preparándoles las bolsas con los alimentos después del contacto telefónico y llevándoselo a su casa, cuando se trataba de ancianos. Los locales de Caritas han sido las UCIS del hambre y la necesidad.

Una circunstancia como esta plantea la posibilidad de rejuvenecer el voluntariado. Se dice que la juventud es generosa pero a borbotones, en momentos críticos, no como compromiso permanente. Z. Bauman lo reconoce como una de las características de la Modernidad líquida: “si hay algo que no quieren (los jóvenes) son ataduras, ni en el amor ni en la forma de vida”.

Se debate si la grave crisis del coronavirus va cambiar nuestros valores y comportamientos o todo va a seguir igual porque lo olvidaremos enseguida. Llama desagradablemente la atención el que muchos jóvenes, desentendiéndose de la situación, sigan convocando y asistiendo a botellones y aglomeraciones festivas, cuando la medicina les advierte de que pueden ser portadores aunque no les haga tanto daño como a las personas de edad. Para la profesora de Ética, Adela Cortina, es el momento del altruismo y del compromiso social, de “hacer algo por tu país”.

Para el voluntariado no se necesitan cualidades excepcionales. Basta con ser humano y tener los ojos abiertos para descubrir las necesidades de las personas, oír sus lamentos de sufrimiento y dejarse llevar por el impulso de la solidaridad. En la encuesta de la UE aparece que uno de cada cuatro jóvenes europeos ha participado en el año en una acción solidaria. No es mucho. Es más solidaria la llamada Tercera Edad. En el evangelio del próximo domingo Jesús nos dice que no busquemos disculpas, basta que dar “un vaso de agua fresca al sediento”, para sentirse humano y feliz.

                                          Javier Gómez Cuesta