La prisa por la eutanasia

Mucha prisa se dio el Gobierno para poner en práctica su promesa electoral de legalizar la eutanasia. Aunque se habla con soltura y facilidad, como si fuera todo muy sencillo, se trata de una ley complicada, de la que se derivan consecuencias graves para la persona y la sociedad. La prueba está en que, a estas alturas y con un antiguo  debate que se incentivó con la aparición de la morfina y que viene estando sobre la mesa de los expertos en ética, bioética y, naturalmente, en la de los políticos, desde los años cincuenta, solamente tres países, Holanda, Bélgica y Luxemburgo, de la U.E.,  tienen legalizada la eutanasia. Portugal, por el partido comunista, ¡sorpresa!, no la aprobó.  Además de la dificultad en el esclarecimiento de las situaciones oscuras y desesperadas en las que enfermo o familia solicitan poner final a  la vida y la vigencia del juramento hipocrático de los médicos, ha influido mucho el temor a la llamada “pendiente resbaladiza” que abre una práctica donde va a ser discutido e imparable poner límites. De hecho, es lo que ha pasado en Holanda, que comenzó en el año 2002 con poco más de mil casos (¡que son muchos!) de aplicación y ya va por siete mil. Y acaba de saltar la alarma de la píldora letal Drion  para cansados y aburridos de la vida cumplidos con 70años. La notica, aclaran,  es una fake news tan frecuentes. Solo se trató de “una investigación encargada por el Ejecutivo  neerlandés para sondear la opinión  de la gente mayor ante una eventual eutanasia en el caso de ver completado su ciclo vital”. De los 21.000 encuestados, 10.000 respondieron afirmativamente por el miedo al dolor y al deterioro terminal. Y eso que estamos en este mundo feliz de los países más desarrollados y progresistas. Lo que hace falta es encontrar motivos para vivir. Y eso está en conexión con el amor (prueba evidente: los ancianos con los nietos), el altruismo, la solidaridad, la creatividad, la cultura, la fe y la trascendencia, ¡sí, sí!, la dimensión espiritual es  importante porque aporta en vena lo que hace vivir, la esperanza.

La forma de ley exprés, por decreto ley, con la que se quiere promulgar impide el que se abra un debate social que podría ser muy interesante y que nos haría reflexionar sobre la situación –hoy nueva- del sector de personas de más de 65 años, que ha cambiado mucho y que necesita una mayor atención y cuidados. En poco tiempo ha aumentado considerablemente la esperanza de vida. Pero al mismo tiempo España sufre un preocupante envejecimiento demográfico. 9 millones de personas sobrepasan los 65 años. El 54,9%  de las estancias hospitalarias las ocupan también los de esas edades con el correspondiente gasto. El 80% de las muertes ocurren, no en la familia como antes, sino en el hospital. Son muchas las personas solas e imposibilitadas en pisos sin ascensor, o con cónyuge enfermo de Alzheimer o Parkinson.  Los afectos familiares son más tenues en muchos casos; el 44% de los ancianos en Residencias apenas reciben visitas y hambrean cariño. Estas consideraciones y otras más están relacionadas con las peticiones de eutanasia -¡pocas hasta ahora!- porque, en testimonio de los que se dedican a cuidar enfermos terminales, lo que desean es  “¡No sufrir!”.

 Algunos,- suelen ser casos muy mediáticos-, por razones muy personales, solicitan la eutanasia que se define así: “la provocación intencionada de la muerte de una persona, que padece una enfermedad avanzada o terminal, a petición expresa de ella y en un contexto médico”. Hay todavía mucha confusión en el vocabulario y en los conceptos y prácticas médicas para enfermos terminales. Bastantes la confunden con la sedación para paliar el dolor.

La medicina actual avanzó mucho  en atajar el dolor corporal. Otra cosa es el sufrimiento que es más de índole anímica. La Unidades de Cuidados paliativos son una bendición para el enfermo y la su familia. España tiene que dar un paso adelante en este campo porque actualmente se encuentra por debajo de la media europea. Por eso es importante el debate, el diálogo, la reflexión para humanizar más esta última etapa de la vida a  la que todos, antes o después, vamos a llegar. Creo que el mayor acuerdo es morir con humanidad, con el menor dolor posible, recibiendo los cuidados ordinarios, con la cercanía y el cariño de la familia y, los creyentes, recibiendo la asistencia religiosa que nos conforta.

Javier Gómez Cuesta