La verdad es que esta mañana me levanté bailarina y claro cuando me levanto bailarina es que tengo que bailar por toda la casa. Lo malo es que, sin querer, estaba haciendo un giro cuando rompí el jarrón favorito de mamá. Mi abuela me miró muy seria pero no le dio tiempo a reñirme mucho por que teníamos que ir ya al cole, pero sé que esta tarde, cuando llegue, mamá me va a reñir mucho, que si tengo que estarme quieta…, que si hay que tener cuidado con las cosas…

Menos mal que hoy tuvimos catequesis. Allí la catequista nos contó como Dios había puesto a Adán y Eva en el paraíso donde eran felices y tenían todo lo que podían necesitar. Sólo les puso una norma: no comer del árbol de la ciencia del bien y del mal. Entonces el demonio les engaño y les dijo que si comían de él serían como Dios y que no morirían. Y vaya, le desobedecieron. Dios se puso muy triste y los echó del paraíso pero les prometió que nos enviaría un Salvador. Y desde entonces los hombres nacemos con el pecado original.

Ese Salvador es Jesús y viene a salvarnos de la esclavitud del pecado, sabéis, y yo entendí perfectamente eso de la esclavitud del pecado porque, como yo esta mañana había desobedecido bailando donde no debía y sin cuidado, me sentía muy mal.

La catequista nos explicó que cuando pecábamos eramos nosotros los que nos alejábamos de Dios y que Él estaba esperando a que le pidiéramos perdón para perdonarnos.

También nos explico que por el sacramento del Bautismo se nos limpia el pecado original y pasamos a ser lo más importante que se puede ser: Hijos de Dios.

Nos contó algo muy bonito y es que cuando los hombres se bautizaban entraban en el río para “dejar” allí sus pecados, pero que cuando Jesús se bautizo, como Él no tenía pecado, entró en el río para llevarse todos nuestros pecados. Y que en el bautismo además de el pecado original se nos perdonaban los pecados cometidos hasta ese momento.

Entonces, claro, yo tenía que hacerle una pregunta a mi catequista y levante la mano. Cuando me tocó el turno, le expliqué.

-A ver… es que me bauticé de bebé, lo sé, que vi las fotos… y vaya… es que es posible que yo haya hecho algo desde entonces que enfadase a Dios o a mis papas… algo como… sin querer desobedecer a mi mamá y bailar donde no debía y romper un jarrón muy bonito de mi mamá y claro yo no quiero estar con pecado y a mi ya no me pueden bautizar otra vez…

Mi catequista sonrió y me dijo que, para eso, Jesús nos daba el sacramento de la confesión y que, al año que viene, antes de hacer la primera comunión, nos prepararíamos para él y lo recibiríamos y se nos limpiarían nuestros pecados.

Pero yo no quiero estar “sucia” tanto tiempo, que yo, el jarrón, lo rompí hoy.

Mi catequista me dijo entonces que mi pecado, como no era muy gordo, era un pecado venial y que lo que tenía que hacer era pedirle perdón a mi mamá. Luego me dijo que, para pedirle perdón a Dios, podía hacer el acto de contrición, que lo tenía al final en el libro, donde las oraciones.

Cuando salimos mi abuela nos dijo:

-Queridos peregrinos hoy vamos a ir al templo de Jerusalén, mirad aquí tenis el templo.

Estabamos en frente de la Basílica de el Sagrado Corazón pero, como sabemos que tenemos que usar la imaginación, no dijimos nada.

-Y veis -nos dijo muy bajito al entrar- Jesús esta enseñando a la gente -miramos para el ambón (que es desde donde se hacen las lecturas)- hay mucha gente y fijaos ahora le traen a una señora que ha hecho algo muy malo. Y le dicen a Jesús que según la ley tienen que apedrearla, que qué hacen con ella.

Entonces Jesús les dice: “El que esté libre de pecado que tire la primera piedra” y fijaos: se pone a escribir en el suelo. Mirad la multitud furiosa que quería apedrearla se van yendo, empezando por los mas viejos.

Entonces mi abuela nos preguntó que si nosotros podríamos tirar esa piedra… y todos nos pusimos un poco colorados y le dijimos que no. Ella nos dijo que ella tampoco podía. ¡Vaya abuela pero si tu eres muy buena!

Entonces siguió mi abuela: Jesús la mira y le dice :¿dónde están los que te acusaban? ¿Ninguno te condenó?
Ella dijo: Ninguno, Señor. Entonces Jesús le dijo: Ni yo te condeno; vete, y no peques más.

Cuando llegamos a casa mi mamá estaba muy seria y muy triste, entonces yo le dije:

-Mamá, esta mañana te he desobedecido y he bailado donde sé que no se puede y te he roto el jarrón. Sé que estuvo mal y no quiero hacerlo más. ¿Me perdonas?

Entonces mamá me dijo que tenía que tener mucho más cuidado y escucharla cuando me dice las cosas y me dio un abrazo y un beso.

Luego al rezar de noche le pedí que si podíamos rezar juntas el “Señor mio” por que quería que Dios me perdonase lo del jarrón y todas las otras cosas malas que yo había hecho y todos juntos dijimos:

Señor mío, Jesucristo,
Dios y Hombre verdadero, Creador, Padre y Redentor mío,
por ser vos quién sois, bondad infinita, y porque os amo sobre todas las cosas, me pesa de todo corazón haberos ofendido; también me pesa porque podéis castigarme con las penas del infierno.
Ayudado de vuestra divina gracia, propongo firmemente nunca más pecar,
confesarme y cumplir la penitencia que me fuere impuesta. Amén.

Cuando mamá me dio el beso me imaginé que Jesús me decía: Yo tampoco te condeno vete en paz y no peques más.