LA PALABRA EN EL TIEMPO 96.

Se cumple un mes de la desconcertante y desoladora invasión rusa de la nación de Ucrania,  teñida de sangre inocente, devastada y arrasada en algunas de sus ciudades, pero férrea e imbatible todavía por la valiente y numantina defensa de los ucranianos. Grita pidiendo, justicia, ayuda y paz. Europa despierta y, al menos, escucha su voz y se dispone a lo imposible.

Entre las muchas consideraciones  políticas que pueden hacerse, a mí me preocupa y me desarma la actitud del patriarca ortodoxo Kirill, que se dice de todas las Rusias y que justifica esta invasión, no culpando a Ucrania sino a Occidente,  justificando así las razones por las que su amigo, que se dice cristiano también, Putin, ha acometido esta deplorable e inhumana ocupación.

El papa Francisco, además del gesto de presentarse en la embajada rusa ante el vaticano y de la costosa  conversación que ha tenido con el Patriarca ruso tratando de convencerle de que ya no hay guerras que puedan considerarse justas, ha convocado a la Iglesia católica universal a unirse a la consagración de la humanidad y particularmente de Rusia y Ucrania al Inmaculado Corazón de María. La oración es esencial a la fe cristiana. Jesús oró con frecuencia y, llamativamente,  en los momentos más trágicos de su vida. “Si es posible que pase de mi este cáliz”, suplicó en el huerto de los olivos.

Francisco ha hecho público el texto de la oración que rezara esta tarde, en la celebración de la fiesta mariana de la Anunciación del Señor. Además de orarlo con todo el corazón merece la pena reflexionarlo. Está lleno de fe y confianza en el Señor y en María, pero también de realismo político y social.  Es como querer activar  con la fuerza divina el alma de Europa y recuperar sus valores e identidad.

El próximo domingo, 4º de Cuaresma, se proclama en el evangelio de San Lucas, la parábola del hijo pródigo. Buen momento para desear que la europa alejada o dormida e indiferente, como los dos hijos del Padre, vuelva a restablecer su unión y esperanza en Dios, en cuya casa se engendró y nació.