En estos días de Navidad,  sentimos un inmenso deseo de paz y felicidad para todos. Yo creo que es algo innato, que llevamos en los genes, porque estamos creados para el bien, el nuestro y el de los demás. La Navidad  que celebramos los países de tradición y cultura cristiana, es la ocasión para expresarlo y comunicarlo  con mayor entusiasmo, casi como una necesidad. Durante muchos años lo hemos hecho enviando  tarjetas por correo. Ahora, con las nuevas redes sociales, lo hacemos enviando misivas con vídeos familiares caseros o artísticos, gifs o fotogramas bonitos y sugerentes por wasap, faceebukc y otros servidores.

Este año la felicidad nos parece un poco lejana, inalcanzable. Quizás ni podemos reunirnos, vernos y abrazarnos. La situación que vivimos por causa de la pandemia sigue siendo preocupante, no es optimista.  Y para que no falte nada, el gobierno aprueba aceleradamente  y sin consulta ni debate, la ley de la eutanasia contra el respeto a la vida, la ley celaá contra la libertad de enseñanza y pierde su credibilidad por faltar y ocultar a la verdad. Parece más realista desearnos y comunicarnos esperanza, ánimos para vivir y luchar por superar la pandemia que nos desazona y recuperar una convivencia más respetuosa, la que hemos disfrutado y con la que de verdad hemos progresado. No volver a los ajos y cebollas de Egipto…

El próximo domingo, el evangelio es la felicitación divina del ángel Gabriel a María en Nazaret. Está llena de esperanza. Ante el desconcierto y  temor de María, el ángel le dice: No temas, el Señor está contigo.  En esa certeza ponemos nuestra esperanza, en que esta Navidad el Señor está con nosotros. Pero para animarnos a construir un mundo mejor, más saludable y cimentado en  los valores humanos del evangelio.