Desde los albores de la humanidad se ha considerado que el corazón es un
órgano muy importante de nuestro cuerpo. Funciona desde nuestro estado
embriológico hasta el último instante de nuestra vida. Lo solemos cuidar con
esmero por los sustos que nos puede dar. Después de cierta edad solemos
acudir periódicamente al cardiólogo para prevenir o curar disfunciones que
puedan poner en peligro el ritmo de su palpitar.
También desde los comienzos, tanto en la cultura oriental como la occidental, se
ha visto una relación esencial entre el corazón y el amor. Lo que si es cierto es
que nos preocupamos más del órgano corporal que bombea la sangre que
oxigena y nutre nuestro cuerpo que de la realidad espiritual del amor que
también es necesario y fundamental para vivir. Has tael psicoanalista Freud, de
tanta influencia en la cultura actual dijo esa sentencia que se ha hecho viral: “Si
amas sufres, si no amas enfermas”.
El amor es un misterio. Se confunde o identifica con la vida, es la vida misma.
Una vida llena de amor es una vida plena, una vida sin amor es una vida
frustrada, perdida.
La realidad hoy es preocupante. Nunca se cantó tanto al amor, es español y en
inglés y los cantautores y grupos musicales famosos y no tan famosos, reúnen a
miles y miles de jóvenes, que se arraciman a oírlos y llevan esa canciones
sonando es sus auriculares mientras caminan por la ciudad. Sin embargo, nunca
el amor ha sido tan frágil, tan individualista, tan narcisista. Tres evidencias: la
pronta ruptura de las parejas, la tensa relación de los hijos con los padres, las
desesperaciones de los adolescentes. Y se aprende a amar en la familia, se
generan las amistades en el colegio y se cultivó el amor generoso y de calidad
en las parroquias, porque el Dios cristiano es amor. Es la fuente del amor. Ahí
está su misterio. Hoy son muchos los que no beben de esta fuente. Otras
fuentes no son potables, están contaminadas.
El próximo domingo, 5º de Pascua, San Juan nos recuerda, la consigna que nos
dejó Jesús y que nos debe identificar: Que nos amemos unos a otros, pero con
amor de calidad: como el suyo. Hay que ir con el cántaro del corazón a su
fuente. La única que sacia la sed y colma la vida.

Por Diego