Algunas de mis compañeras de catequesis están todas revolucionadas. Han ido a comprarles el vestido de su primera comunión, las fotos, la peluquería y el restaurante… y, es curioso, porque a mi en casa nadie me ha dicho nada de todo esto.

Así que, antes de ir al cole, le conté a mamá que mis amigas hablaban en estas cosas, que a mi me gustaría saber que vestido iba a llevar yo… pero, cuando ella me iba a contestar, llegó el autobús y ya no dio tiempo a hablar de ello.

Al llegar a la catequesis hablamos de la primera comunión y nuestra catequista nos preguntó por los preparativos que estábamos haciendo. Todos decían muchas cosas y a mi me daba un poco de vergüenza porque yo, que normalmente lo contesto todo, no tenía nada que decir. Entonces nuestra catequista nos hizo una pregunta sorprendente.

-Y, ¿cómo vais a preparar vuestra alma?

Nadie contestó.

-Recordad -dijo nuestra catequista- que ese día vais a recibir a Jesús, el pan ya no será pan y el vino ya no será vino, se transformarán en el Cuerpo, Sangre, Alma y Divinidad de Cristo.

Tomás tenía cara de preocupado, así que la catequista explicó que el pan seguía sabiendo a pan y el vino seguía sabiendo a vino, pero que se obraba en cada eucaristía el milagro de la transubstanciación.

-Todo tiene accidentes, que es lo que se ve, y substancia, que es lo que realmente es -nos lo explico con un ejemplo.- Si Tomás se viste de Supermán por afuera puede parecer Supermán pero la sustancia, lo que importa, sigue siendo Tomás.

Es por tanto a Jesús, con su cuerpo, sangre alma y divinidad, al que vamos a recibir el día de nuestra comunión, irá a nuestra alma y tendremos que tenerla preparada y limpia. Para ello recibiremos antes un sacramento muy importante del que ya hemos hablado.

-Es la reconciliación -dije yo- muy contenta.

-Si -dijo nuestra catequista-, así como nuestro cuerpo necesita comer nuestro alma necesita de la eucaristía y así como nuestro cuerpo necesita que nos duchemos, nuestro alma necesita de la reconciliación. Además, como queremos que Jesús sea nuestro mejor amigo, tendremos que hablar mucho con él y eso, como bien sabéis, se hace con la oración.

A la salida, cuando le contamos todo esto a la abuela, nos dijo que los peregrinos nos poníamos en marcha y que íbamos a ir a dos sitios.

Primero nos sentamos en los bancos que hay en Campo Valdés, enfrente de la iglesia, y nos dijo que nos imaginásemos a mucha gente escuchando a Jesús que les dice:

“Yo soy el pan vivo que ha bajado del cielo. Si alguno come este pan vivirá eternamente; y el pan que yo daré es mi carne para la vida del mundo.
Los judíos se pusieron a discutir entre ellos:
—¿Cómo puede éste darnos a comer su carne?
Jesús les dijo:
—En verdad, en verdad os digo que si no coméis la carne del Hijo del Hombre y no bebéis su sangre, no tendréis vida en vosotros. El que come mi carne y bebe mi sangre tiene vida eterna, y yo le resucitaré en el último día.  Porque mi carne es verdadera comida y mi sangre es verdadera bebida. El que come mi carne y bebe mi sangre permanece en mí y yo en él.” 

-Fijaros que regalo tan grande es la eucaristía: “El que come mi carne y bebe mi sangre tiene vida eterna”. De aquella no le entendieron mucho, pero ahora vamos a ir a otro momento muy posterior  y vamos a ir nada más y nada menos que al cenáculo.

Así que fuimos andando y no estaba muy lejos (era la capilla de los Remedios).

-Bien peregrinos, veis el altar, pues ahí esta Jesús con los doce y ahora les dice:

“Os aseguro que uno de vosotros me va a entregar.

Los apóstoles empezaron a decir: ¿Seré yo?.  y Jesús les dice : «Uno de los Doce que moja conmigo en el mismo plato.” 
“Y mientras estaban comiendo, tomó pan, lo bendijo, lo partió y se lo dio y dijo: «Tomad, este es mi cuerpo.» Tomó luego una copa y, dadas las gracias, se la dio, y bebieron todos de ella. Y les dijo: «Esta es mi sangre de la Alianza, que es derramada por muchos. Yo os aseguro que ya no beberé del producto de la vid hasta el día en que lo beba nuevo en el Reino de Dios. Haced esto en memoria mía.”

-Veis niños el regalo tan grande que vías a recibir ese día: a Jesús en cuerpo sangre, alma y divinidad y la vida eterna.

Cuando llegue a casa le dije a mamá que ya no estaba preocupada por mi vestido, que estaba más preocupada con rezar todos los días y preparar la reconciliación para llevar mi alma muy bien preparada. Entonces ella sonrió y me dijo.

-¡Qué bien!, has descubierto lo verdaderamente importante. Pero, como también tendrás que llevar algún vestido, he pensado en que quizás te gustaría llevar el mío.

También me dijo que si quería comulgar de túnica o con mi ropa o dejar que alguien me regalase un vestido nuevo.

-¿Puedo ver tu vestido antes de decidirme?

Me llevó a su cuarto y lo tenía allí preparado en una percha que colgaba de la lámpara. Es un vestido realmente bonito y precioso, blanco, con encajes…

-¡¡Me  encanta!! quiero tu vestido, mamá.

-Pues este vestido me lo hizo tu abuela y seguro que estará encantada de arreglártelo para que te quede perfecto. Y tu tía Elena te va ha hacer una corona de flores muy bonita. Tus fotos te las hará la tía Laura, pero en la iglesia no ya cogeremos alguna de las del fotógrafo. Y si te preocupas del banquete haremos una paella para todos en el prado de la abuela si hace sol y si no pues en su salón.

Me parece que va a ser una primera comunión fantástica. Esta noche al rezar toda la familia junta, le di gracias a Jesús por el regalo tan grande de recibirle y por la familia tan estupenda que tenía.