La Palabra en el tiempo 95

La fiesta de San José es muy popular. Muchos llevan su nombre. En esta época tan de marketing comercial, se la ha asignado como “el día del padre”. Que todo sirva para dar más valor a la familia y ayudarla a ser más entrañable. Desde hace más de dos siglos, es el día del Seminario, como institución formativa de los que se preparan para el sacerdocio. Es manifiesta la relación del bueno de San José con el Seminario. Él fue el primer formador del gran sacerdote, Jesucristo. Le salió de maravilla. Jesús nos dijo que lo más importante de esta misión es la ofrenda de la vida por la salvación de los demás.

En Oviedo, tenemos el Semanario del Prau Picón inaugurado en 1954.  Se educaron en él centenares de alumnos, muchos de la zona rural en la que no había instituto, aunque luego solo llegaran a recibir la ordenación una veintena de cada curso numeroso.  Contribuyó a una gran labor social de la que están agradecidos.

Las vocaciones sacerdotales han disminuido alarmantemente. Se aluden diferentes causas: el  preocupante descenso demográfico, la España vacía de la que provenían antes el mayor número, la acelerada y confusa descristianización, la falta de interés y cultivo familiar, la desvalorización de lo sagrado y la dimensión espiritual de la persona, el no acertar con una estimulante pastoral juvenil, la  archi-publicitada y dolorosa crisis moral que atraviesa la misma Iglesia…  Sin duda,  es indispensable orar y pedir luz al Señor para saber discernir este signo de los tiempos difícil de entender.

El próximo domingo, en el evangelio de san Lucas se nos cuenta la parábola de “la higuera sin higos”. Es la parábola de la paciencia de Dios. Las flores se cultivan en tierra buena. La semilla de la vocación sacerdotal requiere la tierra fértil de una iglesia más evangélica  y de vanguardia y de comunidades parroquiales más creativas. Dios está a la espera. Tiene paciencia.

La palabra en el tiempo 94

Estamos inundados y saturados de imágenes, vídeos,  noticias, reportajes,  que nos llueven torrencialmente desde el los móviles que llevamos en el bolsillo,  o los nuevos canales de televisión que vamos adquiriendo. Esta pronta sucesión de emociones, sorpresas, escándalos, sobresaltos y bombazos, despiertan un instante nuestras emociones, pero   apenas dejan rastro en nosotros. Todo es momentáneo. De ahí que se califique a la cultura y ambiente social actual de efímero, de intrascendente. Se presta poca atención a la importante, a los problemas y situaciones humanas. Afecta predominantemente a la política, en la que constantemente estamos viendo escenas de teatro tragicómico y mutuas acusaciones.  Mientras tanto el mundo agrícola mal sobreviviendo, las luz por las nubes y sin puestos de trabajo para los jóvenes.

Esto que intentamos describir y que sufrimos, afecta poderosamente al hombre de hoy. Contribuye a que apenas dediquemos tiempo a cuidar la interioridad,  a pensar y razonar por nuestra cuenta teniendo convicciones propias y sobre todo oyendo la voz de nuestra conciencia. Es más, hay atentados manifiestos que buscan dominar y anular nuestra conciencia, que es el pilar y la  fuente de nuestra  libertad. Se trata a la persona como si fuera nada más un producto evolutivo de la naturaleza, un organismo singular. Nosotros mismo nos hundimos en los dicho por Epicuro: Comamos y bebamos que mañana moriremos”

No sé si los avatares y consecuencias de la pandemia nos harán reflexionar y preguntarnos quiénes somos y qué nos espera.  Para despertarnos de la tentación de superficialidad estamos viendo ahora la brutalidad  con que está siendo atormentada la europea nación ucraniana y el valor y resistencia de sus habitantes, hombres y mujeres. Todo por sus convicciones y defensa de su libertad. Por ellos una oración, un golpe de corazón.

El próximo domingo, 2º d Cuaresma, Jesús nos encenderá las luces largas para ver que la vida tiene un gran valor,  es un don de Dios, que no debemos malgastar. Aunque tengamos que afrontar dificultades y tribulaciones, estamos llamados a alcanzar,  como él y con él, la glorificación. Sí, esa que soñamos y esperamos.

La palabra en el tiempo 92

Lo que está sucediendo en Ucrania, supera todo lo imaginable en inhumanidad, rompe todas las vayas rojas  y se hunde en la  locura violenta. Es difícil pensar que un hombre pueda llegar a cometer tantos y tales crímenes.  Y no es porque le funcionen mal las neuronas, porque tenga un trastorno bipolar u otra enfermedad síquica. La fuerza del mal le  ciega y le impulsa a matar sin piedad a tantos inocentes, niños, mujeres y hombres y destruir ciudades, hospitales y viviendas. Esa misteriosa fuerza diabólica – no se ha encontrado otro adjetivo mejor para describirla- entra en el hombre y se apodera de él por la ambición de poder, le hincha de  vanidad, y le trastorna con la soberbia y el orgullo, que le engañan a creerse un dios inexorable y dueño de este mundo.

La sintomatología es tan antigua como la humanidad. Comenzó en el paraíso. Los griegos, a esta fuerza del mal, la llamaron la “hybris” que significa romper todos los límites humanos, de insolencia, desmesura, soberbia, orgullo violencia y  prepotencia. Quien la padecía era castigado por los dioses, concretamente por Némesis, la diosa de la justicia. Sigue actuando en todos los humanos, pero especialmente en los que tienen poder y gobierno.  Encuentra  en ellos tierra abonada  para convertirlos en autócratas y sátrapas, que  se creen que no han de dar cuentas a la historia, y menos a Dios de quien están lejos. David Owen, médico y político inglés, ha estudiado esta calamidad del hombre y la denomina “el síndrome de hybris”.  En su libro analiza y señala  a los muchos dirigentes que la han padecido y la padecen en estos últimos cien años. Todos personajes tristemente conocidos y que sus pueblos martirialmente han sufrido: Hitler, Stalín, a los que sin duda hoy hay que añadir a Putín.

El próximo domingo, es el primero de esta cuaresma. En el evangelio vemos que de la tentación, de la fuerza misteriosa del mal, que personifica en el “maligno”, en el diablo, no se libra ni el mismo Jesús. Él también ha sido tentado por el diablo de ambición de poder, de vanidad y soberbia. No se ha dejado seducir por el engaño. A purificar el corazón y sembrar el bien, nos invita y anima en esta cuarentena.  

La palabra en el tiempo 88

Todos nos quejamos de que vivimos con muchas prisas, a golpe de reloj,
que el tiempo cunde poco. Además de poner en riesgo nuestra salud,
sobre todo nuestro corazón, una vida tan acelerada nos dificulta ser
reflexivos y cuidar nuestra vida interior, nuestro carácter, sí, nuestra vida
espiritual. Además, nos lleva a vivir más expuestos al ambiente, al
exterior, a la moda. Es una de las características de nuestro tiempo “vivir a
la moda”. Admira la celeridad con que se impone el llevar los vaqueros
estéticamente rotos, o de pitillo que convierten las piernas en frágiles
columnitas de arte jónico, o las bufandas frondosas y largas como estolas
clericales. “En el mundo actual todas las ideas de felicidad acaban en las
tiendas”, observó el gran sociólogo Bauman.
Pero también se poniendo de moda el ser un “descreído”, el ser
arreligioso, aunque alguna vez invoquemos por miedo a Santa Bárbara. El
dictado de la moda se impone también en los gestos, ideas, incluso en las
creencias que deberíamos defender. Hoy se necesita coraje y valor para
ser fiel a las propias convicciones. No se lleva ser católico, ir a misa, incluso
casarse en la Iglesia. Fácilmente nos dejamos arrastrar por los
convencionalismos sociales.
Nos da miedo ser diferentes, a pesar de que hoy la sociedad es plural. El
catolicismo español necesita un viento de fortaleza. Nos pesan demasiado
las críticas cansinas del nacionalcatolicismo pasado y los pecados actuales.
Ahora con la información sesgada y equivocada del inmatriculaciones. Los
bienes de la Iglesia, además de haberlos conservado y cuidado, son para
las actividades y beneficencia de las personas.
Nos toca hacer un ejercicio de humildad y de reconocer y pedir perdón
por nuestros errores y pecados. A ello nos invita el papa y nos anima con
su ejemplo. Pero es el momento del testimonio, de la autenticidad, de
dejarnos guiar por la “luz” que llevamos dentro.
El próximo domingo , en el evangelio de San Lucas, también Jesús es
extraño en su pueblo. Allí, de sus labios salió el dicho tan conocido de que
“Nadie es profeta en su tierra”. En la España actual, es verdad.

La palabra en el tiempo 85

¡Feliz Navidad!, nos hemos dicho en días recientes. ¡Feliz Año Nuevo! Nos
deseamos ahora en sus comienzos. Estos saludos, tan propios de estos
días, son como bendiciones. “Bendición”, viene del latín, “bene-dicere”
decir una palabra buena. Las necesitamos las personas que vivimos estos
tiempos llenos de incertidumbres y miedos.
Ahora ignoramos lo que es la bendición y el sentido profundo que tiene.
Antes los padres bendecían a los hijos, sobre todo en momentos decisivos
de su vida, cuando dejaban la casa en busca de trabajo o contraían
matrimonio y formaban una nueva familia. Era una tradición cristiana. La
he visto alguna vez al finalizar la celebración de la boda. Los judíos, raíz de
nuestra cultura, la conservan.
Atravesamos tiempos y avatares en que todos necesitamos oír buenos
presagios, futuros más alagüeños. Abundan las maldiciones, las
difamaciones, e incluso, abunda sinsentido la burda blasfemia.
Sería mucho mejor escuchar palabras de bendición. Sentir y saber que
somos amados y estimados. Para los cristianos, una cosa es cierta, que
somos amados por Dios siempre. No porque somos buenos sino porque
Dios Padre es bueno siempre conmigo, sea como sea y como me porte con
él. Dios es amor. “El nombre de Dios es misericordia”, nos dijo el papa
Francisco
El próximo domingo, finaliza el tiempo litúrgico de Navidad. Celebramos la
fiesta del bautismo del Señor. El Evangelista Lucas relata el
acontecimiento. Se abrió el cielo y sobre Jesús se escuchó: “Tú eres mi
Hijo amado, el predilecto”. En tu bautismo, Dios Padre, te dijo a ti
también, con infinito amor: “tu eres mi hijo”. Recuérdalo, abre el corazón,
te hará bien. Cuenta con esta bendición. De verdad: ¡Feliz año nuevo!

La palabra en el tiempo 82

Es ya normal y hasta podemos decir tradicional que cuando se acercan las fiestas de Navidad salgan a la luz estadísticas y datos cuantitativos y comparativos sobre la pobreza y otras situaciones sociales que  nos conmueven y despiertan nuestra preocupación y solidaridad.

Esta semana, ha saltado el dato del Instituto Nacional de Estadística, el INE, por el que nos informa de que “uno de cada cuatro hogares en España está formado por una persona sola”, mayoritariamente de más de 65 años, y más mujeres que hombres. Durante la pandemia se ha dado la voz de alarma sobre el aumento de personas encontradas muertas en sus hogares, llamando a familiares y amistades a que mantuvieran frecuente comunicación ellos. En Asturias el número de personas que viven solas supera las 140.000.

Por otra parte, la “Red Europea de Lucha contra la Pobreza”, acreditado organismo, ha presentado el Mapa de  la Pobreza Severa en España, donde se señala que Asturias, juntamente con Canarias y la Comunidad Valenciana, presentan los porcentajes más altos, llegando Asturias al 27,7 % en ese índice inquietante de pobreza, superando la media estatal. El porcentaje en personas afecta a 282.000 asturianos.

Es cada vez más frecuente que en estos día prenavideños surjan múltiples campañas que tratan de conmovernos para recaudar ayudas que palíen estas situaciones conmovedoras.  El problema es más serio. Caritas trabaja todo el año por ayudar, remediar y concienciar para encontrar remedios y soluciones y no solamente ayudas ocasionales. Ha lanzado estos días la campaña: “Esta Navidad, cada portal importa”  Piensa en los que conoces.

Una cosa es evidente. Todo este movimiento social y humano tiene mucho que ver con la Navidad cristiana. Dios hecho hombre nace pobre en un portal.  Mírese como se mire, tiene que sorprendernos. Es la mayor  denuncia de la pobreza. No hay otro acontecimiento en la historia que haya tenido tanta trascendencia social.

Nos lo recuerda San Lucas en el evangelio del próximo domingo. El pueblo estaba en expectación ante el anuncio de la venida de Jesús, el Mesías  profetizado:  “Qué hacemos”,  le preguntan unos y otros a Juan el Bautista. “El que tenga dos túnicas que reparta con el que no tiene y el que tenga comida lo mismo. No extorsionéis a nadie”. El mensaje es claro. Las luces de Navidad, ahora tan abstractas, también deben iluminar la oscuridad de las situaciones de pobreza.   

La palabra en el tiempo 80

La esperanza en un mañana mejor, de un futuro mejor constituye parte de nuestro vivir existencial. Hay veces que las cosas pueden presentarse tan oscuras y difíciles que, en lenguaje coloquial, solemos decir: “Virgencita, Virgencita que me quede como estoy”. Pero siempre pensamos y nos preocupa lo que nos espera. Buscamos  y luchamos por vivir “algo mejor”. Queremos que nos vaya bien en la vida y lo deseamos para familiares y amigos. La confianza en que todo nos vaya mejor es un motor y acicate que nos sostiene en el trabajo y en los esfuerzos de cada día.

Por eso, cuando la esperanza se apaga, se apaga y se desilusiona también nuestra vida. En lenguaje coloquial solemos sentenciar con frecuencia ese dicho tan popular: “La esperanza es lo último que se pierde”,  porque “es la misma vida defendiéndose”.

Conviene no confundirla con cualquier reacción eufórica o con optimismo fugaces. Es, sobre todo, una actitud permanente, un estilo de vida, un encarar el futuro con confianza, con lucha decidida. Hay que trabajarla.

Como, en este tiempo, estamos aguantando una lluvia pertinaz de “fake news”,  envueltas en lenguaje engañoso, es decir, mentiras, algunos confunden la esperanza con el “progresismo”, que parece ser el nuevo nombre del futuro, o de la arcadia feliz, prometiéndonos que todo va a caer de su cielo o nos lo van a traer ellos vestidos de magos.

La esperanza es un actitud del alma y necesita motivaciones serias para mantenerla viva. No se sostiene en el aire. El que tiene esperanza se esfuerza en transformar la realidad.

Entramos en el Adviento. Es el tiempo propio en que la fe y la cultura cristiana cultiva principalmente  esta indispensable y eficaz virtud y cualidad. Esperamos el encuentro con Dios. Es el verdadero motivo. Si no fuera iniciativa suya este encuentro se lo suplicaríamos o se lo exigiríamos.

El próximo domingo, comienza con el Adviento un nuevo ciclo litúrgico. San Lucas es el evangelista.  Nos invita a levantar la cabeza y a estar siempre despiertos, porque viene ·el Hijo del Hombre. Ya sabéis cómo y en dónde. En Belén tiene uno de sus mejores motivos la esperanza.

La palabra en el tiempo 79

Es un dicho popular que “la mentira tiene las patas cortas”. Últimamente da la
sensación de que le han crecido y que la mentira va ganando terreno
haciéndose usual, no solo en nuestras conversaciones cotidianas, sino en las
manifestaciones de las personas con responsabilidades y que nos gobiernan. Lo
grave es que se toleran y se minusvaloran con dejada pasividad. Leo en uno de
los escritores famosos de la actualidad: “El problema no es que alguien con
poder sobre vidas y economías mienta. Todos lo hacen, tarde o temprano. El
problema grave es cuando a demasiada gente no le importa en absoluto que les
mientan” En esta situación estamos. No se ven actos o gestos por defender el
derecho de la persona a la verdad. No se convocan manifestaciones criticando o
indignándose contra las mentiras graves y manipuladoras, como son frecuentes
las protestas contra otras injusticias.
Nos dejamos engañar con facilidad. Una de las formas de hacerlo es cambiando
el lenguaje y llamando a las cosas de otra manera. A muchas mentiras o relatos
ahora se las llama “postverdad”. Tan actual y común se ha hecho esta
nominación que la ha recogido el diccionario de Oxford como palabra del año
en 2016. La RAE la ha recogido también en su diccionario y la define así:
“Distorsión deliberada de una realidad, que manipula creencias y emociones con
el fin de influir en la opinión pública y en actitudes sociales”. No es una
banalidad. Influye seriamente degradando la vida democrática. La posverdad ha
tenido gran influencia en el Brexit británico, en la llegada a la presidencia de los
EE:UU. de Trump, en los negacionistas de la vacuna contra el “covid19” y del
calentamiento climático. También en el referendum independentista de
Cataluña y ahora en la ley de la llamada “Memoria democrática”. En todos estos
eventos, se pone de manifiesto que, a la hora de contar la realidad, las
opiniones y emociones tiene más peso que los datos reales y objetivos.
Desde siempre se ha afirmado y demostrado que todo hombre es un buscador
de la verdad. Nada humano, y social y políticamente válido, se puede construir
sobre la mentira y el engaño. Buscamos sobre todo la verdad existencial: ¿Quién
soy yo?, ¿Cuál es la razón de mi vida? ¿cuál es su verdad?
En el evangelio del próximo domingo, final del año litúrgico y fiesta de Jesucristo
, Señor y Rey del Universo, hay un diálogo sorprendente entre Jesús acusado y
reo y el Pilatos poderoso, en que Jesús se presenta como “testigo de la verdad”.
La verdad última y esencial es que somos “hijos de Dios”, de un Dios que nos
ama infinitamente y, en la cruz, lo va a acreditar en testimonio de la verdad.

La palabra en el tiempo 78

satisfacctoria de la Creación que alguna vez he escuchado”

No deja de ser paradójico que viviendo en este planeta azul, no sepamos con
certeza cómo ha sido su inicio y cómo será su final.
De su inicio, la teoría más acreditada es hoy la del “big bang”. Hace 13.800
millones de años un punto de materia infinitamente pequeño, compuesto de
hidrógeno y helio, de altísima densidad, explosionó y comenzó a extenderse en
todas las direcciones; al enfriarse se fueron formando las estrellas y las galaxias,
creando lo que hoy conocemos como Universo. La tierra que habitamos se
calcula que en esa expansión apareció hace 4.500 años y en ella, el hombre ¡y la
mujer! hace 150.OOO años. Lo que saben pocos y no se suele citar es que la
primera teoría del “big bang” es de un sacerdote belga, del siglo pasado, físico y
matemático, Georges Lemaitre, del que al exponerla en una conferencia en
California dijo el mismo Einstein: “Esta es la explicación más bella y
satisfacctoria de la Creación que alguna vez he escuchado”
Del final de este mundo nuestro, se calcula que el sol, fundamental para la vida
de las plantas, animales y personas por ser la fuente del calor y de la luz, según
los científicos, está a la mitad de su vida y que se colapsará dentro de 5.000
millones de años ¡casi nada! Y estallará haciendo que la tierra desaparezca, a no
ser que un cataclismo o el impacto de un asteroide adelante su extinción.
A la mayoría de nosotros no nos preocupan estas cuestiones que tienen más de
curiosidad. Incluso el gran problema del cambio climático que es evidente
porque la Tierra ya grita pidiendo auxilio y cuidado, para muchos, incluidos los
responsables de las naciones, tampoco constituye un peligro inminente o un
serio desafío. Pare que solo le preocupa al papa Francisco. Basta con ver los
resultados de la reunión de Glasgow. Pero, lo que no cave duda es que para
nosotros la gran pregunta, sobre todo en este mes de noviembre dedicado a a
los difuntos, es: ¿Qué va a ser de nosotros? ¿Qué futuro nos espera? ¿Cuál va a
ser en definitiva el final de la historia apasionante y apasionada de la
Humanidad?
En el evangelio de San Marcos, del próximo domingo, Jesús, el Señor, nos
contesta y enciende una luz. Si en el “big bang” de los creyentes, “En el principio
era la Palabra y la Palabra era Dios”, al final también Dios, Padre y Creador,
tiene la última Palabra: “Veréis al Hijo del Hombre…”, el que nos dijo que Él era
la vida y manifestó que después de la muerte está la vida. El que nos dice que
”el cielo y la tierra pasarán”, pero mi Palabra de Vida no pasará.

La palabra en el tiempo 77

Son muchos los escritores españoles que han escrito y denunciado que la envidia es un pecado nacional, el pecado más grave de os españoles. Cervantes, en los consejos a su escudero Sancho Panza le advierte que “es la raíz de infinitos males y carcoma de virtudes”. Unamuno la fustiga como “la íntima gangrena española”. Camilo José Cela hace comparaciones y apunta que “el español arde en el fuego de la envidia, como el inglés se quema en la hoguera de la hipocresía y el francés se consume en la llama de la avaricia”. Con humor y agudeza la ha descrito Fernando Díaz Plaja en su famoso libro: “El español y los siete pecados capitales”, donde demuestra que la envidia define el carácter español por encima de la ira, la soberbia y la gula,  confesando con sinceridad que aunque  describa estos pecados, él mismo no se libra de ellos, como indígena de esta piel de toro que es. Algunos, descaradamente, afirman que la envidia en España es un defecto tan de nominación de origen como el chorizo de Cantimpalo,  el vino jerez, el jamón ibérico o el aceite puro de oliva.

El envidioso nunca está contento consigo mismo, con lo que es, con lo que tiene. Mira de reojo a los demás y está comparándose con los otros, deseando compulsivamente estar por encima de ellos, sabiendo más, y sobre todo teniendo más.

Vivimos una sociedad en que, casi sin darnos cuenta, nos está empujando a establecer nuestras relaciones en clave de competitividad. Ya desde niños  se nos educa para ser competitivos. Es una de las características de la educación actual: muchos saberes y pocos valores.  Los niños presumen de la marca que llevan sus tenis y  su ropa.

El antiguo catecismo de preguntas y respuesta, nos enseñaba que contra los siete pecados capitales, había siete virtudes. Contraponía: Contra envidia, Caridad.

El próximo domingo,  San Marcos en el evangelio, nos muestra a  Jesús criticando con ironía a los fariseos que se preocupan ostentosamente de aparentar, despertando la envidia de los demás porque se creen los mejores. Y nos hace mirar a una pobre viuda que con humildad se desprende de los poco que tiene para ayudar a los demás. Sí,  lo más cristiano y lo más humano es: contra envidia caridad

La palabra en el tiempo 76

“Yo he sido elegido como un instrumento para dar música, amor y armonía,
decía el famoso Michael Jackson el cantante, compositor y bailarín
estadounidense. Para crear música hace falta talento, para dar amor hay que
tener corazón y para instaurar armonía se requiere inteligencia y sentido dela
belleza. Con más realismo decía la Madre Teresa de Calcuta, la monja albanesa
que recogía niños recién nacidos de los basureros y ancianos moribundos de las
cunetas de la gran urbe india: “Ama hasta que duela. Si te duele es buena señal”
Tenía argumentos y razones sobradas para afirmarlo

“Yo he sido elegido como un instrumento para dar música, amor y armonía,
decía el famoso Michael Jackson el cantante, compositor y bailarín
estadounidense. Para crear música hace falta talento, para dar amor hay que
tener corazón y para instaurar armonía se requiere inteligencia y sentido dela
belleza. Con más realismo decía la Madre Teresa de Calcuta, la monja albanesa
que recogía niños recién nacidos de los basureros y ancianos moribundos de las
cunetas de la gran urbe india: “Ama hasta que duela. Si te duele es buena señal”
Tenía argumentos y razones sobradas para afirmarlo
Es lo que le falta a los amores de hoy, sacrificio. Por eso son tan frágiles y
fugaces y sobre todo egoístas. El test más evidente es el del matrimonio. Es
inaudito que fracasen seis de cada diez matrimonios antes de los diez años de
convivencia. Y estremece el rampante aborto eugenésico. La cultura de hoy
teme y no quiere personas enfermas, débiles, discapacitadas o necesitadas. Los
ricos y pudientes temen a los pobres. Los que tiene trabajo defienden su puesto
y no se preocupan de los que no lo tienen. Es incomprensible como se puede
aceptar sin más una situación con un paro juvenil que supera el 40%. Te deja
sin palabra el ver que jóvenes, ellas y ellos, que han crecido a la sombra de la
parroquia, tienen que marchar lejos en busca de trabajo.
La tarea permanente del cristianismo es crear e introducir “amor real” en la
sociedad. Si queremos llevar a la práctica el Evangelio y deseo de Jesús, los
cristianos tenemos que intentar descubrir las nuevas exigencias del amor al
prójimo; como ya decía San Juan Pablo II: “Crear la cultura del amor”. Amar en
cristiano significa luchar por la dignidad de las personas, por sus derechos,
trabajar por encontrar vínculos de solidaridad, y algo muy importante que todos
podemos hacer: Ofrecer con generosidad parte de nuestro tiempo al servicio de
los más olvidados, integrándonos en algún voluntariado.
El próximo domingo en el evangelio de San Marcos, le plantean a Jesús la gran
pregunta que debiera proponerse toda persona en este mundo: ¿Qué
mandamiento es el primero de todos? Es sabida la respuesta. Amar a Dios y al
prójimos, amar a Dios para poder amar a todo prójimo. Dos en uno! Sin esta
marca de amor no hay progreso. Lo muestra la experiencia milenaria, no es el
poder sino el amor real, con obras, el que humaniza el mundo.