La Palabra en el tiempo

Radio (3):22/11/2019

 “La Palabra en el tiempo”

 El próximo domingo comenzamos el tiempo litúrgico del “Adviento”. ¡Adviento!, bonita palabra que inspira y sugiere que Alguien viene, Alguien importante se acerca a nosotros. Este tiempo de Adviento tiene siglos de historia y de vida en nuestra cultura occidental, que ha dejado sus huellas en la música y el arte. Ahí están los villancicos y los nacimientos populares.

       Se le llamó también “la cuaresma de la Navidad”. Era tiempo de ascesis, había que preparar el corazón para el que viene; y tiempo de esperanza, porque nos llenaría de amor, de alegría, de fraternidad. Las dos actitudes son las propias del Adviento

Después de la Pascua de Resurrección, Navidad y Epifanía son las fiestas más importantes y  las más entrañables. tienen resonancia en la actitud, las relaciones y los sentimientos de las personas ¡Sé bueno, es Navidad!

Actualmente tiene cuatro domingos, como cuatro peldaños que nos ponen ante el Portal de Belén.

Cada uno tiene un significado. En este primer domingo se nos invita a saber ver y entender los signos de los tiempos. Los que percibimos nosotros están llenos de incertidumbre y no son  tranquilizadores. Por eso es necesaria la vigilancia. El que viene, el que esperamos  trae un mensaje.

Es digno de tenerse en cuenta.

Verdad, justicia, amor y paz

Radio (2): viernes 22 de noviembre de 2019

Escucha un momento, puede ser tu interés…

Finaliza el año litúrgico. Sí, no coincide con el calendario gregoriano de los doce meses. El año litúrgico nos ayuda a recorrer  la vida de Jesús de Nazaret. Celebra ciclos que tienen una hondura  y sabor especial: adviento con la actitud de espera y esperanza; Navidad con la alegría de la vida; cuaresma con la reflexión y revisión de nuestra conducta; la Pascua con el rejuvenecer y atisbo de una vida nueva…  Ayudan a romper la monotonía del correr y suceder de los días.

Finaliza con una fiesta de Jesús: Jesucristo Rey del Universo. Así la denominó la reforma conciliar para quitarle todo matiz político que pudo tener en sus orígenes.

El título de rey no fue del gusto de Jesús. Huyó de él. Cuando lo aceptó, en el pretorio de Pilatos, más que  sensación de grandeza y poder, daba risa y compasión. Su trono fue la cruz y su corona de espinas. Símbolos de su entrega y amor infinitos y especialmente a los últimos, a los excluidos. Así han sido vistos  la cruz y el crucificado a lo largo de los veinte siglos de historia.

Hay en España una obsesión enfermiza de arrancar y suprimir el símbolo del crucificado que a lo largo del tiempo ha servido para identificar nuestra cultura y, sobre todo, para no olvidar la memoria  de tantos crucificados, y mover a la defensa de excluidos, pobres  y abandonados. ¿No serán estos los que más pierdan con esta manía de ideología sesgada? Me pregunto si harían lo mismo con los retratos del Che Guevara, Martin Luthero King o el P. Ángel tan mediático…

De lo que sí habló insistentemente Jesús es de construir el Reino de Dios. Hay un sueño inherente a  la humanidad: otro mundo es posible. Este Reino de Dios pone los mejores cimientos: Verdad,  justicia, amor y paz.  Hoy se reclama a gritos su necesidad en España.

 

LA PALABRA EN EL TIEMPO

Radio. (1):    LA PALABRA EN EL TIEMPO

Escucha un momento, puede ser de tu interés….

Ante los tiempos borrascosos de enfrentamiento que estamos viviendo en España, ¿no se echa de menos una palabra pacificadora y orientativa de la Iglesia?  Da la impresión que está afónica. Parece normal que, en una sociedad en la que el 70 % de los ciudadanos se manifiesta de creencia católica, aunque sea principalmente de matriz cultural,  la palabra del Evangelio contribuyera a serenar actitudes y a esforzarse, por encima de las discrepancias,  a entablar un diálogo constructivo que tenga como objetivo la búsqueda del bien común. Es verdad que no atraviesa por sus mejores momentos. Pero hemos de saber que  siempre  la Iglesia se ha sentido “santa y pecadora”. Unas veces brillan más sus luces y otras entristecen más sus sombras. Depende de la fidelidad de sus miembros al Evangelio.

Y también se echa de menos personas comprometidas que por encima de apetencias de poder y personalismos lideren la salida de estos tiempos borrascosos. La política está perdiendo su nobleza. Hacen falta gobernantes en los que se pueda confiar.  Uno mira la historia y encuentra cómo después de la 2ª Guerra mundial aquellos “padres de Europa” supieron construir, con valores humanos y cristianos, la Comunidad Europea. Y no podemos olvidar nuestra transición, en la que los artífices de muy diversas procedencias ideologías  y con pasados muy distintos, se esforzaron, más se entusiasmaron, en sacar adelante un futuro mejor y superarlo peor. Hoy parece notarse más empeño es destruir que en construir.

Esta semana se celebra el XXI Congreso de Católicos en la Vida Pública, que organiza la Asociación Católica de Propagandistas, una rama de la antigua Acción Católica, en su Universidad del CEU.   Y en el próximo febrero se celebrará también el  “congreso de laicos” que organiza la conferencia Episcopal: “Pueblo de Dios en salida” Algunos han convertido la política en un campo cenagoso. El mal uso de las redes sociales contribuye a ello. No hay que tenerle miedo. Es preferentemente el campo de los seglares que tienen como aliciente y compromiso lograr una sociedad  en la que la verdad,  la justicia,  la solidaridad, la convivencia pacífica y la fraternidad sean los pilares que la sostienen y la engrandecen. Y esto es tarea ineludible también de los católicos, unos liderando y otros respaldando. 

 

Viernes 15 de noviembre 2019

VIVIR CON ESPERANZA

Nada te turbe, nada te espante(2)

VIVIR CON ESPERANZA

Comienza diciembre. Los escaparates se exhiben atrayentes y provocativos. Somos frágiles consumidores. Luces de colores cuelgan en las calles, algunas tan abstractas, geométricas y jeroglíficas que no se sabe lo que anuncian. Necesitan intérprete que nos explique si eso es el solsticio engañándonos a ser druidas o festejar saturnales. Un icono luminoso de la familia de Belén abogaría al menos por el valor de la familia y la necesidad de aumentar la natalidad ante la España vacía. Pero eso es religioso y no lo permite la ideología en curso.  Europa, al menos desde siglo Vº, celebró  la Navidad y San Francisco de Asís en el 1223 inició la representación en nacimientos y belenes. ¿Nuestros antepasados estaban equivocados?

A la espera de la Navidad comienza el Adviento. Es como un sendero a recorrer para llegar al portal. Ya sabes cuál y a quién vas a encontrar. ¡Adviento!, bonita y expresiva palabra: ad-venire, alguien viene hacia nosotros, a nuestro encuentro, el que esperamos y nos trae lo que esperamos, lo que puede llenar y entusiasmar el alma. Es tiempo de esperanza.  La esperanza es el motor de la vida y de la historia. Te animo a cultivarla estos días. Nos hace bien, estamos llenos de miedos, temores y pesimismos. Predomina este ambiente sociopolítico que nos zarandea y nos enfrenta. La esperanza es apertura al futuro, a lo que está por venir, lo que deseamos  obtener y disfrutar. Es una de las virtudes llamadas por el catecismo “teologales”, esas tres  hermanas que no pueden vivir una sin las otras y que son fe, esperanza y caridad.  Tienen una referencia Dios. Las tres, durante mucho tiempo, han sido nombre propio de mujer. Pero también son virtudes laicas. La persona humana, incluso agnóstica o atea,  no puede vivir sin “creer, sin esperar, sin amar”. La diferencia  es que éstas son de luces cortas, las teologales de luces largas aunque haya niebla.

El evangelio de este domingo nos incita a escrutar los “signos de los tiempos”, expresión feliz del Concilio Vaticano. Los grandes cambios que se prometían y se desean para este nuevo siglo XXI no se producen. Se anunciaba el siglo de la ética y sufrimos la mayor crisis de valores ante una preocupante apatía e indiferencia. H. Kung no pudo lograr culminar su proyecto de una ética mundial  que él razonaba por el temor al fanatismo y el olvido de la verdad. Estamos asistiendo con ligereza y frivolidad al planteamiento de los problemas más serios de la vida y de la convivencia social.

Al mismo tiempo  reclama de nosotros “vigilar y despertar del sueño”, el vivir de manera lúcida, el mantener una sensata resistencia para no caer en el gregarismo y no reflexionar. Tenemos que recuperar la dimensión social de la fe que la estamos olvidando o por lo menos silenciando. El evangelio es para la vida, la actual también. Tenemos que recuperar la esperanza de que es posible cambiar el rumbo de esta sociedad. Lo que se necesita son personas que tengan el coraje de poner en juego sensatez, sentido ético y moral, calor humano y solidaridad. Todo muy propio del Adviento.

                                                           Javier Gómez Cuesta

OTRO MUNDO ES POSIBLE

“Nada te turbe, nada te espante”(1)

OTRO MUNDO ES POSIBLE

Es un verso conocido de Santa Teresa. Nos viene  bien tomarlo como medicina del espíritu para serenar nuestro ánimo, porque “Andaban los tiempos recios” decía, los de ella hace cinco siglos y los de hoy nuestros. El verso, que tiene como secreto para no caer en turbación, el que “Solo Dios basta”, lo  he elegido como identificativo del estilo que quisiera dar a esta columna. Pretendo sencillamente hacer ver que la Palabra del Evangelio de cada domingo,  que se proclama el mismo  pasaje en el mundo entero, es “Palabra de Dios” que puede iluminar la vida de la persona en todos los tiempos. Merece la pena escucharla. Hace pensar, algo que estamos abandonando, porque vivimos a golpe de “clic”: “Haga clic aquí”, es la consigna permanente. En uno de sus chistes diarios decía El Roto, siempre tan inteligente: ¡No necesitáis pensar, vivís en una sociedad avanzada!  

Este domingo finaliza el año litúrgico. Sí, no coincide con el calendario gregoriano de los doce meses. El año litúrgico nos ayuda a recorrer  la vida de Jesús de Nazaret. Celebra ciclos que tienen una hondura  y sabor especial: en adviento se activa la esperanza; en navidad  el amor, la ternura y la alegría; en cuaresma  la reflexión y revisión de nuestra conducta;  en la Pascua rejuvenecen las ganas de disfrutar una vida nueva…  Ayudan a romper la monotonía del correr y suceder de los días.

Finaliza con una fiesta de Jesús: Jesucristo Rey del Universo. Así la denominó la reforma conciliar para quitarle todo matiz político que pudo tener en sus orígenes. La creó Pïo XI en 1925, después de la primera guerra mundial, cuando se derrumbó el sacro imperio austro-húngaro y con él reyes y emperadores. Pretendía que los nuevos Estados que surgen reconozcan a Jesucristo como Rey para no caer en el laicismo o en el comunismo ateo. Es el tiempo de las consagraciones al Corazón de Jesús y del levantamiento de las grandes imágenes monumentales que se admiran en muchas ciudades. Algo tuvo que ver también  con el llamado nacional-catolicismo que pasó a la historia.

El título de rey no fue del gusto de Jesús. Huyó de él. No encaja con el estilo de su vida. Cuando lo aceptó, en el pretorio de Pilatos, más que  sensación de grandeza y poder, provocaba risa y compasión. Replicó que no era de este mundo. Su trono fue la cruz y su corona de espinas. Símbolos de su entrega y amor infinitos, especialmente a los últimos, a los excluidos. Así han sido vistos  la cruz y el crucificado a lo largo de los veinte siglos de historia.

Hay en España algunos que padecen manía obsesiva por arrancar y suprimir el símbolo del crucificado que a lo largo del tiempo ha servido para identificar nuestra cultura y, sobre todo, para no olvidar la memoria  de tantos crucificados, y mover a la defensa de excluidos, pobres  y abandonados. En seguimiento suyo muchos han embarcado su vida. ¿No serán estos últimos los que más pierdan con este antojo de ideología sesgada? Me pregunto si harían lo mismo con los retratos del Che Guevara, Martin Luthero King o el P. Ángel tan rompedor de clichés y tan mediático…

De lo que sí habló insistentemente Jesús es de construir el Reino de Dios. No es territorial, es de valores. Hay un sueño inherente a  la humanidad: otro mundo es posible. Este Reino de Dios pone los mejores cimientos: Verdad,  justicia, amor y paz.  Hoy se reclama a gritos su necesidad en España. Tienen garantía y son indispensables.

                                                             Javier Gómez Cuesta

FIESTA DE LAS ÁNGELES CUSTODIOS

Sr. Comisario Jefe

Miembros de la Policía Nacional

Autoridades civiles y militares, que tenéis a bien acompañarles.

Familias.

Fieles todos que veneráis a los Santos Ángeles Custodios

 

1.-Celebrar la fiesta de los Santos Ángeles Custodios es reconocer que hay unos mensajeros, seres espirituales, que nos guardan, que nos protegen, que nos ayudan, nos guían y orientan en el camino de la vida.

Es reconocer que Dios-Padre, Creador y origen de nuestra vida tiene un Plan de Salvación, y, podemos decir también, un plan de seguridad para que seamos defendidos, para que no nos perdamos y podamos alcanzar la meta de nuestra vida.

Lo acabamos de escuchar en la 1ª lectura, de libro del Éxodo, en que nos dice: “Yo voy a enviar un Ángel delante de ti, para que te proteja en el camino y te conduzca hasta el lugar que te he preparado”

Como escribe San Bernardo: Hemos de aclamar al “Señor, porque ha estado grande con nosotros. ¡Señor, ¿qué es hombre para que te acuerdes de él?! Porque te ocupas ciertamente de él, demuestras tu solicitud y tu interés para con él. Llegas hasta enviarle tu Hijo único, le infundes tu Espíritu, incluso le prometes la visión de tu rostro. Y, para que ninguno de los seres celestiales deje de tomar parte en esta solicitud por nosotros, envías a los espíritus bienaventurados para que nos sirvan y nos ayuden, los constituyes nuestros guardianes, mandas que sean nuestros ayos”

2.-Hoy  litúrgicamente la iglesia universal celebra esa fiesta de los Ángeles Custodios, que son vuestros patronos. Es vuestro día, en que con gozo y alegría festejáis los que sois, la profesión y vocación que ejercéis, el día en que se premian vuestros méritos y vuestros éxitos, el día también en que la sociedad os felicita y agradece vuestro trabajo, vuestros desvelos, vuestra dedicación y sacrificio y valora vuestra actividad y entrega. Gracias a vosotros vivimos más seguros, superamos mejor las dificultades y contratiempos, cumplimos mejor con el ordenamiento jurídico y logramos una buena convivencia.

3.-Es curioso y reconfortante: de vuestra profesión se puede encontrar una referencia y un ejemplo explícito en la Biblia, en esa historia de Dios con los hombres. Si para alcanzar la meta que Dios propone al hombre y para la cual le crea, vivir como hijos suyos y andar con seguridad el camino de la vida, se necesita la ayuda y la custodia de unos ángeles protectores y custodios, para alcanzar metas humanas, ayuda en los peligros y dificultades,  vivir con dignidad, cumplir el ordenamiento jurídico y lograr una sociedad y convivencia pacífica, se necesitan personas y cuerpos de seguridad como el vuestro.

4.- El mismo Papa, que es el que preside la Iglesia en la caridad, en el amor, que viste de blanco y llama continuamente a la paz y al perdón, que reclama paternal e insistentemente actitudes de misericordia y compasión, que trabaja por la reconciliación y la fraternidad de los pueblos y propugna una pastoral del “encuentro” nunca del “enfrentamiento”, tiene su servicio de seguridad. Aunque vistan uniformes diseñados por Miguel Ángel, la misión de la “Guardia Suiza”  es la misma que la vuestra.

Simpática es la experiencia que tenía San Juan XXIII de los ángeles. Este “Papa bueno”, como le llamó la gente, comentó en cierta ocasión: «Siempre que tengo que afrontar una entrevista difícil, le digo a mi ángel de la guarda: Ve tú primero, ponte de acuerdo con el ángel de la guarda de mi interlocutor y prepara el terreno. Es un medio extraordinario, aún en aquellos encuentros más temidos o inciertos…».

5.- Necesitamos la protección de los ángeles y, cómo no,  de vuestra protección, vigilancia y ayuda por el misterio del mal que nos acecha. El mal tristemente existe. Podemos darle mil explicaciones  e interpretaciones, pero no  podemos negar su existencia y realidad. Basta con leer las páginas de los periódicos de cada día o ver uno de los noticiarios de la TV. ,  en los que cada vez  se nos informa de sucesos  más truculentos y macabros;  alarma y sobrecoge hasta dónde puede llegar la persona humana engañada y seducida por el mal. Vosotros palpáis  y comprobáis como nadie este drama que atrapa y destroza a tantas personas, muchas veces desde su niñez y juventud.  

6.- Pero, ¿quién cuida a los nos cuidan?, ¿quién protege a los que nos protegen?, ¿quién defiende a los que nos defienden? También vosotros necesitáis vuestro ángel custodio. El Señor os ofrece su ayuda y compañía. Ellos son vuestros Santos Patronos, que hoy festejáis. Nosotros lo hacemos con vosotros y pedimos que nunca os abandonen, que os asistan en las múltiples y diversas formas de vuestro servicio y tarea que tenéis que desempeñar. Que ellos sean también vuestra referencia y ejemplo. Vuestra profesión exige también vocación, entrega amor al prójimo, limpieza de corazón, sentido de la justicia. Es una profesión bonita que ilusiona a los niños, y que ha originado un arte del cine policiaco que han llevado a la pantalla directores tan famosos como Orson Welles y actores como Charles Heston, y una literatura también policíaca, muy leída,  como la de Allam Poe y, por supuesto Agatha Christie. Y de vuestra formación y entrenamiento han salido excelentes craft olímpicos.

8.- Esta Eucaristía quiere ser una acción de gracias al Señor y a esos Santos Ángeles Custodios. Una permanente súplica de ayuda para vuestro servicio y para vuestras familias que tienen que vivir en silencio, muchas veces, vuestros avatares y destinos.

Y como la Eucaristía es u na puerta a la trascendencia, quiere ser también recuerdo, memoria y oración para los hay muerte.

 Pongo punto final, con el himno que  rezamos en los laudes de hoy:

Ángel santo de la guarda,

compañero de mi vida,

tú que nunca me abandonas,

ni de noche ni de día.

 

Ángel de Dios,

que yo escuche tu mensaje y que lo siga,

que vaya siempre contigo hacia Dios,

que me lo envía.

 

Testigo de lo invisible,

presencia del cielo amiga,

gracias por tu fiel custodia,

gracias por tu compañía.

 

En presencia de los Ángeles,

suba al cielo nuestro canto:

gloria al Padre, gloria al Hijo,

gloria al Espíritu Santo. Amén.

La valentía de soñar.

“Es necesario redescubrir la valentía de soñar”. Con esta frase puso punto final el papa Francisco a la semana de ejercicios espirituales en la que participó, con más de sesenta cardenales , obispos y otros colaboradores, en la casa de retiro que tienen los padres paulinos (los que se dedican a la comunicación y tienen librerías por todas las ciudades del mundo) en Ariccia, en la zona de los Castillos Romanos, en la cercanía de Roma. Dice que soñar (se entiende despierto) hoy es un acto de valentía. Lo hicieron los santos, como San Francisco Javier, que le llevó a las puertas de China.
Francisco también sueña. Sus setenta y ocho años no se lo impiden. No es un hombre de desengaños sino de sueños. Se lo preguntó Antonio Spadaro s.j., director de la revista La Civiltà Cattolica, que goza de cuasi oficialidad vaticana, en aquella famosa entrevista que le hizo en agosto del 2013, a los seis meses de iniciar la aventura del papado. ¿De qué tiene la Iglesia mayor necesidad en este momento histórico? ¿Qué Iglesia sueña?, le interrogó. El Papa le respondió: “Veo con claridad que lo que la Iglesia necesita con mayor urgencia hoy es una capacidad de curar heridas y dar calor a los corazones de los fieles, cercanía, proximidad”. Es lo que practica él con toda naturalidad. Lo que desconcierta y hasta escandaliza a algunos. Preferirían un papa a lo divino, arcangélico. Poco a poco, sin armar ruido –sí murmullos y murmuraciones- va dejando a un lado protocolos y ceremonias que distanciaban y cuasi divinizaban. Busca la cercanía, el contacto. Ahora, por encima de sus muchas actividades y ocupaciones –la agenda de un papa no la equipara ningún gobernante del mundo- lo practica con las llamadas por teléfono o las breves cartas personales que él mismo escribe de su puño y letra. Uno de sus mayores críticos, el periodista italiano Antonio Socci, autor del libro “Non é Francesco. La Chiesa nella grande tempesta” en el que le acusa de ser un papa “ilegítimo” y se lo ha enviado para mayor inri, ha recibido respuesta personal: “Querido hermano: He recibido su libro… gracias por el gesto. He comenzado a leerlo y estoy seguro de que tantas de las cosas que están allí me harán bien”. El escritor quedó patidifuso y convertido.
Este domingo, 13 de marzo, se cumplen tres años de su inesperada elección. Todo fue novedoso e inédito aquella noche, el nombre elegido: Francisco; el saludo del Santo Padre: “bona sera”; la afirmación de que el cónclave es para dar un obispo a Roma y que han ido a buscarlo al fin del mundo; la invitación a rezar juntos por el papa emérito Benedicto: Padre nuestro con Avemaría a la que respondió unánime toda la plaza; y antes de su bendición, la petición de que recen al Señor “para que me bendiga, la bendición del pueblo que pide la bendición para su obispo. Hagamos un silencio…” visionando el vídeo, el silencio es impresionante. Ante la sorpresa de su elección, hubo dudas y lamentaciones de mala profecía. Los que le conocían sabían con seguridad que empezaba una etapa nueva de la Iglesia. No se equivocaron.
El rezo del ángelus, que puntualmente dirige el obispo de Roma desde la ventana del antiguo apartamento papal cada domingo, marcó la línea dominante característica de este Sucesor de San Pedro: La Misericordia. De virtud o valor olvidado y devaluado, se va a esforzar en demostrar que esta actitud religiosa y humana, es el atributo del Dios en el que creemos de más importancia, más identificativo,, su carné de identidad y que, imitada y secundada, que puede resolver o paliar los graves problemas que sacuden a la humanidad. No es virtud de beata.
Todo comenzó en el cónclave. El cardenal alemán W.Kasper, buen teólogo, un Rahner actual, acaba de recibir ejemplares de la versión española de su libro “La Misericordia. Clave del Evangelio y de la vida cristiana”. El bonaerense cardenal Bergoglio, que ocupa la habitación próxima, recibe un ejemplar. Se emocionó al recogerlo y exclama: “Misericordia, este es el nombre de nuestro Dios. Elegido papa, el domingo siguiente es el 5º de Cuaresma, como hoy. El evangelio que corresponde es el de la adúltera. Le viene como anillo al dedo. Comenta el pasaje: Dios no se cansa de perdonarnos. Y añade que ha leído el libro del cardenal y que en él dice que la misericordia cambia el mundo. Parece exagerado. Convencido, ha puesto manos a la obra. Además de la justicia hace falta la compasión, la misericordia, estar al lado del otro con corazón. El drama de los refugiados que grita y llora de rabia por Europa puede ser la prueba fehaciente. ¿A quién no conmueven? Para la Iglesia la misericordia será la viga maestra. Lo debiera de ser para la sociedad entera y no caer en la macabra indiferencia. Francisco sueña con valentía y despierto en conseguir que la misericordia sea también el nombre y la identidad de la Iglesia.
Javier Gomez Cuesta

La torre de mi pueblo

 

“La hermana nuestra madre tierra”

Muchas expectativas se han puesto en la Cumbre de París sobre el Cambio Climático, la COP21, que ha comenzado el 30 de noviembre y finaliza este sábado. Es posible que nuestra atención y preocupación esté desviada de  este grave problema por el peligro atemorizante del terrorismo  que vivimos y las inminentes elecciones que nos llevarán a una situación política inusitada. O que creamos que, en esta perla del paraíso que es esta Asturias  “incomparable”,  esos problemas nos quedan lejos y no nos sobrecojan las datos alarmantes  de contaminación que estamos increíblemente sufriendo en Gijón y Oviedo a pesar de nuestro bajo nivel industrial. Seguir más de cerca los debates de la COP21 nos hubiera servido para concienciarnos de la preocupante situación del deterioro de este planeta tierra y de que tenemos que cambiar nuestra forma de vida buscando una mayor comunión con la naturaleza, viéndola con ojos más franciscanos como “hermana y madre”.

A la hora de ponerme al ordenador ya se ha hecho público el documento final que deben firmar los 195 países participantes. “Es muy raro en la vida tener la oportunidad de cambiar el mundo y ustedes la tienen”, les ha dicho el ministro de Exteriores francés, Fabius, al preséntaselo. Reina un moderado optimismo en que puede lograrse un acuerdo que hasta ahora ha sido imposible desde que comenzaron estas Conferencias  promovidas por la ONU en el año 1972, la primera en Estocolmo,  ante la alerta despertada por los estudios y mediciones del científico  norteamericano Charles Kelling demostrando que los gases que se producían, especialmente el CO2, no eran absorbidos y neutralizados por los océanos y los bosques como se pensaba.

La sensación de ineficacia en lograr consensos operativos y vinculantes de otras reuniones pasadas provocó que se haya puesto un mayor empeño en ésta. Fue especialmente frustrante la de Copenhague (COP15) de 2009, que convocó al  mayor número de Jefes de Estado y Primeros Ministros; reconociendo la gravedad de la amenaza del cambio climático, no lograron firmar un acuerdo digno por causa del enorme acoso de los grupos financieros para desacreditar los datos y estudios científicos.

El papa Francisco ha querido empujar a la Iglesia en la aventura de impulsar a todos los vivientes a reclamar de los responsables de los países un acuerdo urgente para salvar al planeta que es la casa común que compartimos.

Sorprendió el que su primera encíclica, toda de su mano,  haya sido sobre la ecología. Viene de un continente que está siendo desertizado por la tala masiva de los bosques y donde la pobreza es un verdadero drama. Esto es lo que le ha hecho afirmar que el grito de la tierra es el grito de los pobres  y que le ha hecho escribir, con el horizonte de esta Cumbre de París, la “Laudato sí”, encíclica que algunos comparan a la Rerum Novarum que escribió en 1891 León XIII  planteando la cuestión candente en aquel final se siglo de la justicia social e iniciando con ella la Doctrina Social de la Iglesia.  En ésta, el papa Francisco abre un novedoso y sugerente capítulo sobre la actual y compleja cuestión, hoy muy candente,  “socio-ambiental”. En su escrito, la ecología deja de ser una moda o una obsesión y manía de los verdes y, con argumentos científicos, nos hace ver que se trata  de un nuevo planteamiento ético, demostrando que nuestra relación con la naturaleza, de forma análoga a nuestra relación con Dios y con los demás seres humanos, conlleva una dimensión moral que ya no es posible desconocer. Para Francisco  es claro que hay un vínculo entre las cuestiones ambientales y las cuestiones sociales y humanas, de tal manera que “no hay dos crisis separadas, una social y otra ambiental, sino una sola y compleja crisis socio-ambiental”

La seriedad y valor de la encíclica ha sido reconocida por los dos revistas  científicas de mayor reconocido prestigio, como son Nature y Sciencie. La primera, Nature, en el editorial del pasado 23 de junio, reconocía que el papa había elegido el momento ideal para exponer sus ideas y, a su juicio, en la línea correcta, haciendo  incapié en el imperativo moral de que hay que actuar en contra del calentamiento global, las alteraciones de la naturaleza por la actividad humana y la sobreexplotación de los recursos humanos. En la revista Science, Marcia McNutt, geofísica y editora, llega a afirmar que “la guerra contra la degradación del medio ambiente tiene un nuevo y poderoso aliado: el papa Francisco”;  y en el artículo “En busca del bien común” , los profesores Dasgupta de Cambridge y Ramanthan de California escriben: “Encontrar maneras de desarrollar una relación sostenible con la naturaleza requiere no solo la participación de científicos y líderes políticos, sino también el liderazgo moral  que las instituciones religiosas están en condiciones de ofrecer”

En la Cumbre de París, la COP21, ha estado muy presente esta encíclica franciscana y su llamada al diálogo. Para apoyarla han ido hasta allí y han organizado actos diversos movimientos eclesiales, entre ellos Caritas y Manos Unidas. Tenemos que convertirnos de creernos propietarios y expoliadores de esta casa común, a ser sus cuidadores. Con San Francisco de Asís, por lo logrado: “Alabado seas, mi Señor, por la madre nuestra hermana tierra, la cual nos sustenta, y gobierna y produce diversos frutos con coloridas flores y hierba”

 

Javier Gomez Cuesta

En el cincuentenario del Concilio Vaticano II HUBO UNA VEZ

Sería imperdonable si no le dedicara unas líneas a recordar y agradecer la celebración del concilio Vaticano II.  Coincidió en el tiempo con mi estudio de la teología y llena y orienta toda mi vida sacerdotal. El martes día 8 es el cincuentenario de su clausura. Fueron cuatro años espléndidos de la vida de la Iglesia, 1962-1965, que tuvo repercusiones en la vida internacional. Fue sin duda el evento más importante de la segunda mitad del siglo XX. Si los medios de comunicación son notarios de la realidad, basta con ver la hemerotecas para constatar la vasta y diaria información que llenó los principales diarios, emisoras de radio e incluso los incipientes canales de TV donde podemos ver en una de aquellas cintas al Bueno del papa Juan XXIII entrando gozoso en las volandas de la silla gestatoria, saludando “urbi et orbi”, sabiendo que inauguraba un ciclo nuevo en la Historia  en el que iban a pasar muchas cosas. En la clausura, Pablo VI entrará a pie, como si después de aquellas 170 sesiones plenarias  conciliares,  movidas unas serenas otras, la iglesia bajara de los cielos a la tierra y quiere salir al encuentro de los hombres. Precisamente en la última los 2.391 obispos presentes aprobaban la Constitución sobre “la Iglesia y el mundo”, la Gaudium et Spes, el primer documento magisterial de esta naturaleza.

Han transcurrido cincuenta años difíciles, de interminables discusiones sobre la interpretación de los 16 documentos  (4 Constituciones, 9 Decretos y 3 Declaraciones) hasta caer algunos  en el pesimismo de que aquellos objetivos planteados y clarificados en el Concilio se hubiesen aguado y diluido, con la frecuente tentación de volver la vista atrás como si se hubiese emprendido un camino equivocado. Dos han sido las causas que se señalan de la convulsión eclesial despertada: La primera  que aquella minoría conciliar tan combativa, al final acabó ganando terreno, afilando sus armas ante los excesos e inconvenientes que inevitablemente levanta toda reforma. La segunda, la minusvaloración del mismo Concilio Vaticano II al calificarlo de “pastoral”, en comparación con otros habidos en la historia, como el de Trento, de mayor calibre doctrinal. Lo previno el mismo Pablo VI, al alertar en el discurso de clausura que “tal vez nunca como en este Sínodo la Iglesia ha sentido la necesidad de conocer la sociedad que la rodea, de acercarse a ella, de comprenderla, de penetrar en ella, servirla y transmitirle el mensaje del Evangelio… La Iglesia ha dirigido realmente su atención hacia el hombre tal como se presenta actualmente, tal como vive…”  Sorprende cómo en la Iglesia los frutos del Espíritu tardan tanto en granar y florecer ¿Es lo escabroso de la tierra o la poca destreza de los labradores? El mismo Hans Küng  avanzó “que tardaríamos decenas de años  en darnos cuenta cabal de la obra del Concilio”. Queda como explicación consoladora el que marcó un hito, señalando el fin de una etapa y el comienzo de otra que no sabemos cómo va a ser y qué estructuras y andamiaje necesita. Pero tenemos que reconocer nuestro miedo, nuestro titubeo, nuestra falta de coraje. Con la riqueza del Concilio no es fácilmente explicable da situación espiritual actual de Europa.

Del Vaticano II me quedo con todo. Se disfruta leyendo su historia y los muchos  diarios de los padres sinodales, de teólogos, peritos y observadores, donde nos cuentan de forma personal lo que fue aquella gozosa experiencia. Pero a lo hora de celebrar su cincuentenario y ver que su luz comienza a iluminar con más kilovatios y guiar el camino del futuro de la iglesia de la mano tenaz y austera del papa Francisco (“para esto me han elegido” responde a sus contradictores), le agradezco cuatro cosas: La nueva definición de la Iglesia que de “sociedad perfecta” e intocable pasa a verse como una comunión, “el Pueblo de Dios” y de autorreferencial a sentirse servidora de la humanidad o en imagen bergogliana del “hospital de campaña”  dispuesta a curar con el bálsamo de la misericordia. La actitud de “aggiornamento” que fue su marca distintiva y que debe ser su talante permanente porque así conserva su fuerza creativa (ahora se echa de menos). El estar alerta para saber leer e interpretar los “signos de los tiempos” cada vez más aceleradamente cambiantes y nuevos, como acaba de hacer Francisco con la situación insostenible del cambio climático, la denuncia de la globalización de la pobreza y el fenómeno Lampedusa, o la necesidad de un nuevo estatuto social y eclesial para la mujer…por poner algunos ejemplos. Y añado por hoy, la actitud de colegialidad o sinodalidad. Una iglesia esparcida por el mundo entero, enraizada en todas las culturas, razas y pueblos necesita dialogo, confrontación, discernimiento,  para poder inculturarse y que su mensaje sea entendido como de salvación y humanización  de todos los hombres. No puede fiarse y encomendarse todo a la infalibilidad del papa. El reciente Sínodo de la Familia ha sido un claro ejemplo.

En este cincuentenario, reclamo un recuerdo agradecido al Santo papa Juan XXIII que lo convocó y lo inició y al Papa Pablo VI que supo guiarlo y llevarlo hasta el final y el reconocimiento de que en la Iglesia, cuando se deja llevar por el Espíritu, sin miedo, resplandece en su rostro la luz de Jesucristo y tiene credibilidad y fuerza para contribuir a lograr un mundo más humano y solidario.

Javier Gómez Cuesta

Hace curenta años.  La homilía de la transición.

El número 40 tiene carga simbólica y bíblica. Representa un antes y un después, un cambio de periodo, un lograr una plenitud, un alcanzar una meta.  40 años duró la travesía del desierto hasta entrar en la tierra de promisión; 40 días estuve Moisés en el Sinaí para recibir las tablas de ley con las que comienza una nueva situación del pueblo de Dios; 40 días duró el diluvio; durante cuarenta días ayunó Jesús en el desierto para comenzar luego su vida pública.

Estamos evocando estos días los 40 años de una nueva etapa en la historia de España. Con gozo y, al mismo tiempo, con preocupación.  Los hay a quienes les gusta más revolver el pasado y cuestionarlo que roturar y descubrir nuevos caminos de entendimiento y sana tolerancia para construir entre todos, sobre lo andado, un mundo más humano. Son llamativas las actitudes de adamismo y mesianismo con que se presentan algunos, como si el mundo y la historia comenzara con ellos y fueran inmaculados.

Uno de los eventos notables de hace cuarenta años fue la homilía del cardenal Tarancón en la Iglesia de los Jerónimos. Hay historiadores que le señalan como el inicio de la democracia en esta etapa histórica. Por dos cosas: por el acto en sí mismo, porque como hace notar el historiador Juan María Laboa “en la ceremonia del juramento  y proclamación del Rey en las Cortes, los procuradores, sus invitados y las palabras del presidente, Alejandro Rodríguez de Valcárcel, constituyeron el final de un régimen autocrático, al que no asistió ningún representante de países democráticos. Sin embargo, en la misa de San Jerónimo el Real, asistieron todos ellos, además de los invitados de los Reyes, en una imagen que representaba el inicio de una nueva etapa de la historia”. Y es histórica, también, por lo que el cardenal dijo con lucidez, manifestando lo que sentían y deseaban la mayoría de los españoles. Tuvo un gran eco y marcó uno de los hitos de la transición. En ella, el cardenal le pidió con aquel estilo tan característico suyo y aquella voz de fumador empedernido, que fuera el Rey de todos los españoles, “sin privilegios ni discriminaciones”, tratando de superar los enfrentamientos de otras épocas, sanando las heridas de los conflictos pasados, reconociendo los derechos de todos, iniciando un periodos de paz y de convivencia por los caminos de la reconciliación, la justicia y la generosa convivencia. De esta homilía nace el “espíritu de los Jerónimos” en cuyo ambiente irían emergiendo las reformas y los cambios que transformarían la vida española. Fue iniciativa del Rey Juan Carlos comenzar su reinado con la celebración de una eucaristía. Tarancón se dio cuenta de la trascendencia que tendrían sus palabras. Cuentan sus biógrafos que inmediatamente reclamó la ayuda del hoy cardenal Fernando Sebastián, entonces Rector de la Pontificia de Salamanca, del profesor Olegario Gonzalez de Cardedal, del escritor y periodista Martín Descalzo y  su fiel escudero Martín Patino. Después de horas de discernimiento sobre lo que se podía y se debía decir como voz de la Iglesia en momento tan solemne y trascendental, se encomendó la redacción definitiva a Fernando Sebastián. Es, sin duda, una pieza maestra, breve y densa. La música se la puso el cardenal que de eso sabía bastante.

Merece la pena volverla a leer y tenerla en cuenta en los momentos que atravesamos. Sigue teniendo valor actual.  Y, al mismo tiempo, sirve para poner en entredicho a aquellos que en sus palabras o en sus intenciones y proyectos dejan entrever que la Iglesia es una rémora para la democracia o que no tiene derecho a espacio en la vida pública.  El evangelio generó una civilización, la cristiana, la de la dignidad de toda persona, la de los derechos humanos, la de la igualdad y la fraternidad, la de la justicia y el bien común… El cristiano no lo es solo cuando va a misa o cuando reza un padrenuestro, lo es por su forma de vida, por sus valores humano-evangélicos, de tal manera que cuando no los cumple o los infringe no solo comete una falta penal sino un pecado, va contra su conciencia, ofende al Dios-Padre en el que cree. Y la participación de la iglesia en toda la génesis de la transición fue muy importante como para olvidarla o desconocerla. Baste recordar algunos de los documentos que, a partir de la celebración del Concilio, fueran publicados por la Conferencia Episcopal. “La Iglesia y el orden temporal a la luz del Concilio” (1966), “La Iglesia y la comunidad política” (1973) … que levantaron ronchas y crearon conflictos con la gobernación.  Ahí están los encierros en la Iglesias y las homilías multadas, o, por ser muy significativo, el número de los militantes de los cinco movimientos de la Acción Católica, que se cifran en 323.185 en el año 1970, y que no constituyeron ningún partido político –se evitó conscientemente, recibiendo duras críticas por ello, constituir un partido católico imitando la Democracia Cristiana italiana-  sino que se repartieron por los diversos partidos que saltaron al ruedo político entonces, mayoritariamente en los de izquierda, lo que hace más inexplicable el por qué del anticlericalismo decimonónico que respiran algunos de esos partidos.

Contra lo que se puede pensar, desconociendo la historia y la trayectoria de la Iglesia española, la homilía de los Jerónimos del 27 de noviembre de 1975,  no fue “un verso suelto” ni un acto esporádico, fue la consecuencia de una actitud mayoritaria, de laicos, sacerdotes y obispos, (no todos, recuérdese la desavenencia y tirantez con la llamada Hermandad Sacerdotal) que se venía gestando desde el Concilio Vaticano II, sobre todo en la Constitución de la Iglesia y el mundo y en el Decreto sobre Libertad Religiosa. Con verdad, se puede afirmar que la Iglesia española fue pionera en la apertura la democracia.

Javier Gomez Cuesta