La gran obra

¡Qué intensa emoción sintió aquel hombre cuando estando en oración Dios le pidió que llevase a cabo aquella gran Obra¡ El mismo Dios le había asegurado que no desesperase que él le proveería de lo necesario.

Empezó la obra poniendo todas sus fuerzas todo su corazón y toda su alma y poco a poco se empezaba a vislumbrar lo grande que sería aquello, empezaron a llegar donativos y también personas dispuestas a ayudar, pero él los rechazaba a todos, no eran tan buenos como él. No era él, acaso, el elegido para llevar a cabo aquella gran Obra.

Poco a poco el trabajo se fue haciendo más rutinario, más cansado, más pesado y más molesto; hasta un punto en el que ya se le hacía insoportable. Los donativos también dejaron de llegar. Como iba pues a ser capaz de llevar a cabo su gran Obra. Dios le había abandonado.

Tampoco nadie venía para apoyarle. A punto estaba de tirar la toalla cuando pasó por allí un anciano. El anciano se quedó contemplando aquella obra y exclamó:

-Bonita obra, como me gustaría que se acabase.

En estos momentos el hombre le dijo al anciano:

-No puedo más, Dios me ha abandonado. Él me prometió que nada me faltaría y, ya ves, no tengo ayudantes no tengo dinero y no tengo fuerzas. Dios me ha abandonado.

El anciano le dijo:

-Alguna vez te dijo Dios que la obra la tenías que hacer tu solo?

-No -le contesto el hombre,- los ayudantes que surgieron no estaban a la altura.

-Ah ¿no?… y no sería que no quisiste escucharles, o no quisiste guiarles. Dios no nos pide nada imposible, nunca, lo que pasa es que a veces no queremos llevar a cabo lo que Él nos pide para su honor y gloria, sino que lo queremos llevar a cabo para el nuestro y así las cosas no funcionan.

En ese momento el hombre se dio cuenta de su error, le pidió perdón a Dios de todo corazón y también pidió perdón a los que habían tratado de ayudarle. Éstos volvieron y le ayudaron.

Y sabéis la obra fue mas majestuosa y grandiosa por que tenia también el aporte de mas personas, y por que no solo acercaría a Dios a los hombres en el futuro sino en todo el tiempo en el que se llevo acabo.

En cuanto al hombre aprendió que uno solo no puede hacer mucho y al anciano se le vio varias veces más por ahí, cada vez que alguien decía “eso sólo lo puedo hacer yo” o las tareas se volvían rutinarias. En ese momento él les sonreía e, inmediatamente, alguien se arrepentía y volvía a trabajar con los demás y para los demás, que es tal y como Dios quiere que hagamos las cosas.

Fuimos al Amagüesto

Que contento estoy. Ayer, mis papás, mi hermana Clara, la abuela Rosa y yo subimos a la Quinta de San Eutiquio a celebrar el amagüesto. Yo había ido hace dos años lo sé por las fotos, de aquella tenía 4 años y por eso no me acuerdo de mucho.

Cuando llegamos había un hinchable, redes para jugar al bádminton, un taller de hacer chapas, música y baile y, lo mejor de todo, castañas asadas y sidra dulce.

¡¡¡Las castañas pelaban bien y estaban riquísimas!!!

Jugué un montón y mi catequista estaba también allí. Jugó conmigo y con otros niños.

Estaba D. Javier, y ¿sabéis qué?, pues que habló conmigo del Sporting y de si lo estaba pasando bien; D. Javier es estupendo.

Luego, catequistas, papás y niños bailamos juntos, ¡Qué bien lo pasamos! . Me acuerdo de una:
“El cocodrilo grande camina hacia adelante,
el elefante Blas camina hacia atrás…”

Al volver, mi abuela Rosa dijo que estaba feliz, que le daba gracias a Dios porque los niños hubiéramos podido tener una fiesta tan divertida y con tan buen tiempo, a pesar de las previsiones de gota fría.

Os contaré más cosas del cate, quería empezar con una fiesta. Un saludo.

José.

Yo también puedo ayudar

¡Hola! ¿Qué tal estáis?

Yo ya he vuelto del pueblo. Me lo he pasado tan bien que casi no os escribí, pero quiero contaros una cosa más.

En el pueblo también íbamos a misa. El sacerdote del pueblo es muy amable, es un sacerdote muy mayor, pero su mirada es joven y alegre.

Mis abuelos fueron a presentarnos el primer domingo que fuimos a misa. El segundo domingo paso algo muy curioso, después de la misa, el sacerdote se acercó a mi hermano y le dijo:

-¿Te gustaría ayudarme en la misa y ser monaguillo?

Mi hermano, que nunca lo eligen para nada, sonrió y dijo que si.

Pero claro a mi me dio un poco de envidia, a mi también me había visto y yo he leído en misa muchas veces… No le conté a nadie lo que sentía, pero mi abuela se dio cuenta.

Mi abuela me dijo que el viernes llevaría yo al canijo a aprender lo que tenía que hacer; yo no estaba muy contenta, pero, por no ponerla triste, le dije que sí.

Cuando llegamos allí, estaba una señora de la edad de mi abuela que a la que llaman Nori (se llama Honorina). En cuanto me vio me dijo:

-Así que tú eres Clara, la nieta de Marta, ¿te gustaría ayudarme?

Yo la verdad es que no tenía muchas ganas porque aún estaba celosa de mi hermano, pero como no tenía otra cosa que hacer hasta que acabaran, pues le dije que sí. Preparamos el mantel, lavamos los purificadores y corporales (ya os contaré lo que son). Retiramos las flores marchitas y pusimos flores nuevas. Recogimos el dinero de los cepillos, lo contamos y lo pusimos en un sitio de la sacristía. Y, mientras hacíamos todo esto, ella me lo iba explicando todo. Tanto que se me pasó la tristeza; en un momento determinado Nori me recordó unas palabras de Jesús: “El que quiera llegar a ser grande entre vosotros, que sea vuestro servidor, y el que quiera ser el primero entre vosotros, que sea esclavo de todos” (Mc 10,43b-44). Me hice muy amiga de Nori y, ahora, la ayudo siempre.

Los domingos, cuando mi hermano es monaguillo, yo estoy muy orgullosa de lo bien que lo hace y, sabéis, también ayudo a Nori a pasar la cesta y lo hago con una sonrisa como ella me ha enseñado.

. Mi hermano ya se ha apuntado a catequesis y él os contará todo lo que pase (yo le voy a ayudar). Me apuntaré a confirmación, que este curso se puede desde los 12 años pero de ahí os contaré menos, será mejor que os apuntéis conmigo.

Hoy, día de Nuestra Señora de Covadonga y cumpleaños de la Virgen, os veré en la misa de San Pedro, ¡tengo unas ganas!

En bici

Estoy disfrutando mucho de mi bici, claro, aquí la puedo usar por donde queiro e ir a todas partes del pueblo. Mis abuelos me pidieron que fuera prudente y no hiciese cosas peligrosas.

Mi hermano no sabe aun montar en bici y no tiene bici como yo, asi que también aprovecho a disfrutar de la bici cuando no quiero llevarlo.

Hay una cuesta abajo que es bastante pronunciada y que está sin asfaltar, bajar por ahi es lo que mis abuelos llamarían algo peligroso. Al principio no pense en bajarla pero luego pense que la sensacion de velocidad podría ser maravillosa.

Y las tres o cuantro primeras veces que baje no paso nada y la sensacion de velocidad fue estupenda. Pero luego, quizas por que me confie y fui a mas velocidad, quiza por que no vi una piedrecita, perdí el control y me caí. Me vi por los aires y me hice varias heridas.

Tengo que confesar que lloré un poco, primero de dolor y luego de vergüenza. ¿Qué me iban a decir mis abuelos? Tocaba levantarse, y llegar a casa, no me iba a quedar ahí.

Cuando llegue, mi abuela puso cara de susto, pero no me riñó, me dijo: -Venga vamos a lavarte esas heridas.

Cuando me estaba limpiando y curando las heridas, me preguntó si había bajado las cuesta a toda velocidad y yo le dije que sí. Pero no me riñó.

En estos momentos pense en Dios que nos da los mandamientos porque son buenos para nosotros y que cuando no los cumplimos nos espera y nos cura las heridas en la confesión.

Mi abuelo tampoco me riñó, resulta que él y el canijo habían estado arreglando y limpiando una bici vieja, pequeñita, que tenía el abuelo. Había quedado estupenda y estaba aprendiendo a montar en bici.

El abuelo me pidió suavemente que fuera más prudente y me preguntó dónde había sido mi accidente. Cuando se lo dije se fue para allá para quitar todas las piedras molestas del camino.

La verdad es que mis abuelos son estupendos.

También tengo ganas de que el canijo aprenda a montar en bici, pues después de un rato, montar en bici sola es bastánte aburrido.

La lagartija

¡Hola!. ¿Os acordáis de mí? Soy Clara y llevo casi un año sin contaros nada nuevo. No es que no tuviese cosas que contaros, es que tuve que hacer mucho para el cole… Vale, y también que me dio un poco de pereza.

La semana pasada estaba muy contenta por que ya estábamos de vacaciones. Y en esto me dicen mis padres que vamos a ir al pueblo del abuelo Pascual. Mi abuelo Pascual y mi abuela Marta son los que tienen una casa en el pueblo de cerca de Gijón, pero resulta que este verano se van a la casa del abuelo Pascual en León, que era donde vivía el cuando era pequeño, que la han arreglado y que la quiere disfrutar este verano. Y, claro, nosotros, como papá y mamá trabajan en Julio, pues nos iremos con ellos. Papá y mamá vendrán, los fines de semana.

Yo no hice mas que protestar: ¡A un pueblo! Sin consola, sin tele, sin mis amigos y, por semana, sin papa y mama… “el canijo” y yo solos con los abuelos. El “canijo” es mi hermano pequeño, no suelo hablar mucho de él tiene ahora 6 años recién cumplidos.

Cuando llegamos, la casa era mas bonita de lo que yo me había imaginado. Tiene dos plantas, muchas habitaciones y también un desván.

También tiene un prado en la parte de atrás, que no esta nada mal, que tiene una verja que separa de la otra casa y, por allí, hay muchas lagartijas.

Después de que el canijo y yo recorriéramos toda la casa y desesperásemos un poco a los mayores el abuelo Pascual nos dijo:

Si me traéis una lagartija os doy 5 euros. Y allá que nos fuimos. Eran de lo más difíciles de perseguir. Persiguiendo a una salimos de la casa. No penséis que nos fuimos sin permiso, que en el pueblo, como no hay peligro, tengo permiso para ir donde quiera, mientras que no salga del pueblo.

Corriendo detrás de la lagartija nos tropezamos con una niña. Nos pregunto que qué hacíamos y yo le dije que atrapar a una lagartija. Nos presentamos y ella nos dijo que se llamaba Anita. Es la más pequeña de sus hermanos, que son mucho mayores. Nos hicimos amigas enseguida y no le importa que el canijo venga con nosotras.

Anita me explico que ella sabía de una forma de cazar lagartijas y es cuando están en un sitio a la sombra.

-Aquí cerca esta la casa de mi abuela -nos dijo- y en la parte de atrás hay un lavadero. Si conseguimos que una se meta seguro que lo conseguimos.

No fue nada fácil, cuando la atrapamos era ya casi la hora de cenar. Pero allí llegamos mi hermano y yo victoriosos con nuestra lagartija. El abuelo cumplió lo prometido y nos dio el billete de 5 euros. Cuando veamos a Anita la invitaremos a un helado.

Después de cenar llego el momento de rezar y allí nos fuimos mis abuelos, mis papás, mi hermano y yo. En el salón, donde tienen al corazón de Jesús en su trono y la imagen con la virgen del Carmen, hicimos nuestra oración. Cuando me llegó el turno, di las gracias por los abuelos, por mis papas, por mi hermano, que se llama José (aunque para mi siempre será el canijo), y por la lagartija, que me había enseñado que un peregrino puede encontrar amigos allí a donde vaya.

Creo que este verano voy a vivir unas aventuras fantásticas. ¿Queréis vivirlas conmigo?

El camino

¡Al fin! Había conseguido empezar la peregrinación tan ansiada, había descubierto antiguos escritos que llevaban al santuario donde se alcanzaban, segun los documentos, gracias tan especiales que uno casi podía tocar el cielo. Un lugar que te cambiaba la vida.

En mi mochila todas mis seguridades: mi móvil, mi brújula, mis latas de comida, cerillas, calcetines de repuesto, aspirinas, todo mi ego y, los que yo creía, mis méritos. Había encontrado “el camino”. O eso creía yo. Y sería la descubridora de aquel antiguo santuario.

Iba sola, pues creía que era un camino que tenía que hacer sola, quién iba a querer acompañarme en estos tiempos de descreimiento. Además, no quería que nadie me robase el mérito de ser la primera en descubrir aquel santo lugar del que ni siquiera sabía el nombre.

Los primeros días todo parecía ir razonablemente bien. Mi saco de dormir me daba el calor suficiente y el cansancio no parecia hacer mella en mí… pero, cuando ya estaba muy cerca de lo que yo creía que era el lugar, dejé de tener tan claro cómo se llegaba y empezé a dar vueltas en círculo. Parecía que no era posible llegar, para colmo resbalé y mi móvil salió por los aires y mi mochila se cayó por un precipicio. Era como si el santuario no quisiese ser encontrado.

No conseguía levantarme, y no sabía cómo iba a salir de ésta. Primero lloré, luego me enfadé con Dios. Nadie acudía en mi auxilio. Tras un rato de desesperación, vi mi pobreza y mi miseria y, como una niña desvalida, dije: “Dios mío, ayúdame, yo sola no puedo, que sea lo que Tú quieras”. Nada sucedió… excepto por la paz. Sentí una paz que me llevó a mi infancia, a mis primeras oraciones, a cuando yo jugaba con el niño Jesús. Tenía “sabor” a las caricias de mi madre y a las oraciones con mi abuela.

Luego vi una luz y una anciana que me sonreía amablemente.

-¿Te has caido? ¿Dejame que te ayude?

Lo primero que pensé es cómo esa señora iba a ser capaz de ayudarme, ¡si debía de tener roto el tobillo! Sin embargo, ella se acercó y me dijo: -No parece roto ven te ayudo a levantarte, mi casa no está lejos. (¿Qué su casa no está lejos?… ¡Si llevo 3 días caminando por esta montaña y casi un dia dando vueltas en circulo y no he visto civilización alguna!).

Pero su sonrrisa y sus ojos me hicieron confiar en ella. Me ayudó, me puse en pie y llegamos a su casita, una casa sencilla. Allí, mientras me curaba las heridas, me preguntó que qué hacía por aquella montaña.

Yo, tras darle las gracias, le conté el motivo de mi peregrinar: queria encontrar aquel lugar santo en el que casi se tocaba el cielo y de donde uno salía transformado.

Ella se sonrió y me dijo: -Yo conozco ese lugar, el Domingo te llevaré, si tú quieres.

-¿Y por qué el domingo? -le dije- ¿por qué no mañana mismo?

-Pues, por que tienes que curar tus heridas antes de llegar, aquí en mi casa curarás las del cuerpo y, el mismo domingo, si tú quieres, podrás curar las de el alma.

En los dos días que pasé en su casa, ella me cuido con cariño y amor de madre. Era la persona más buena que nunca había conocido.

Ella me contó que había tenido una vida muy azarosa y que le faltaba la paz, que además, antes de llegar al santuario siempre veía los defectos de los demás y le costaba mucho perdonar. Hasta que se dio cuenta de que así no era feliz. Yo me veía muy reflejada en ella y le pregunté: -Y entonces ¿qué hiciste?

-Le pedí ayuda a la Virgen María y ella me ayudó a ver mi misieria, a presentarsela a Dios nuestro Señor, a pedirle perdón y ayuda… y Él hizo el resto. Ése es el camino correcto. Pero no pienses -me dijio-, que una vez que haces esto ya está todo conseguido, eso tienes que hacerlo cada día y empezar una y otra vez.

Y por fin llego el domingo. Me arreglé, me vestí y me preparé para que me acompañase al santuario. Cuando llegamos, mi alma se llenó de gozo y me puse de rodillas delante del sagrario. Pedí ayuda la la Virgen y le entregué mi pequeñez y mi miseria al Señor. Luego vi que un sacerdote se acercaba a un confesionario y supe lo que tenía que hacer: fui y recibí el perdón de Dios.

Me sentí incriblemente bien. Empezó la misa y me sorprendió porque participaban en ella como ¡unas 20 o 30 personas! En el momento de la comunión me sentí inmerecidamente querida y amada por Dios y me sentí cerca del cielo.

Al acabarse la ceremonia le di las gracias a mi amiga. Le pregunte cómo es que había tanta gente si era tan difícil de llegar…

-Es que tú has venido por el monte, si te hubieras informado bien habrias venido por la carretera. Este santuario es muy conocido.

Yo casi me quedé en estado de shock. Pero, sin embargo, se había cumplido la promesa de los antiguos manuscritos. Me había sentido muy cerca del cielo y mi vida seguro que no sería igual.

Ahora tocaba volver a mi casa, a mi vida y acordarme de las palabras de mi amiga: “Tiene que ser cada día y empezar una y otra vez”.

Mi amiga hizo que alguien me llevase en coche a mi casa. Ahora procuro cada día ponerme delante de Dios, entregarle mis miserias y pedirle ayuda, procuro confesar. Y cada vez que comulgo recuerdo aquel momento.

Os escribo esto por si alguno quereis poneros “en camino” y, si me encontrais caida, no dudéis en ayudarme a levantarme.

Flores para María

Para todos los niños y niñas de la parroquia. Podéis enviar vuestras “flores” para la Virgen María. Pueden ser dibujos, poemas, canciones… lo que más os guste. Y los publicaremos en Instagram.

Al final haremos un vídeo con todos ellos, para subirlo a nuestro canal de YouTube.

Es seguro que a María le gustará mucho las flores de las niñas y los niños de San Pedro.

Ya sabéis nuestra dirección de correo es catecismodesanpedro@gmail.com

Manzanas para el rey

Había un campesino que tenía unos hermosos manzanos. Un día, cuando estaba cuidando de ellos, observó que uno de sus manzanos tenía las mejores manzanas que habia visto, por su preserncia su arom; tal es así que pensó: Son dignas del Rey.

Este campesino de joven había trabajado en los jardines de palacio, quedando el rey tan complacido por sus servicios que le había regalado las tierras donde el vivía ahora y donde tenía sus árboles frutales.

El campesino, que estaba muy agradecido al rey, pensó:

-Nunca he tenido tiempo de agraderle al rey su generosidad. Voy a ir ahora mismo a llevarle las mejores manzanas de ese árbol.

Dicho y hecho se puso su mejor ropa, cogió un saco que estaba bastante nuevo, cubrió el fondo con paja fresca y puso ahí sus mejores manzanas.

Muy contento fué hasta el palacio del rey, pero, cuando llegó, los guardias lo pararon.

-¡Alto! ¿A donde va usted?

-A ver al rey. Sepan ustedes que yo fuy jardinero aquí hace muchos años, el rey me ragalo mis tierras y he venido a traerle mis mejores manzanas para agradecérselo.

-¿Y usted cree que puede ir así vestido a ver al rey?

-Ésta es mi mejor ropa.

-¿Y usted cree que el rey come manzanas? Tiene cosas mejores que comer, así que no le vamos a dejar entrar.

Ya se iba el campesino muy triste, cuando se abrieron las puertas de palacio y salió un carruaje. En él viajaba la reina.

La reina, cuando vio al antiguo jardinero de palacio, lo conoció y mandó parar el carruaje. Le dijo al campesino:

-¡Cuanto tiempo sin verte! pero ¿que te pasa? ¿por qué estás tan triste?

-Verá mi reina, venía a regalarle mis mejores manzanas al rey, para darle las gracias por las tierras que me concedió con las que he podido tener una buena vida, pero los guardias de la puerta, que no me conocían, no me han dejado entrar.

-¡Dame a mi las manzanas!, que yo se las entregaré al rey de tu parte.

El campesino se puso muy contento ya que sabía que la reina le entregaría las manzanas al rey.

Cuando la reina volvio a palacio tomó las manzanas, las peló, les quito las semillas y preparó con ellas la tarta de manzana que tanto le gustaba al rey. Cuando se terminaba la cena y tocaba el postre, ella misma se la entregó mientras le decía.

-Esta tarta está hecha con las mejores manzanas del antiguo jardinero al que regalaste las tierras y que, agradecido, te las ha enviado, ya que son buenísimas.

Cuando el rey probó la tarta la encontró exisquisita, que mando recompensar al campesino que quedo muy feliz.

Este cuento representa algo más de lo que dice, tomaros un minutito y pensad a quien representa la reina , el rey , el campesino, los soldados y que pueden ser las manzanas…

¿Lo sabeis ya?

El campesino somos cada uno de nostros.

El rey es Dios.

Las manzanas son nuestras buenas obras.

¿La reina es entonces?

La Virgen María, que coge nuestras buena obras y se las presenta a Dios como a el le gustan.

Y los soldados…, es la gente que nos desanima cuando ve nuestras buenas obras, nos dicen: “no van a servir de nada”, “para que molestarse”….

Espero que os haya gustado.

Seguimos esperando que nos enviéis vuestros dibujos de la Virgen María, poemas o canciones… a: catecismodesanpedro@gmail.com

El séptimo, el octavo y el décimo

Hola, ¿que tal estáis?

Yo ya más contenta, me ha gustado el salir un poquito de casa y poder pasear, unos días con mamá y otros con papá.

Me gustan estas salidas por que aprovecho para hablar de muchas cosas. Ayer estaba un poco preocupada porque tenía que enviaros lo que escribí cuando vimos el septimo, el octavo y el décimo mandamientos y resulta que… ¡no había escrito nada! No es porque no fuese al cate, es que esa semana se me debió de olvidar.

-Mamá -le dije-, es un poco dificil escribir ahora sobre cuando iba al cate, porque ya ha pasado tiempo y no me acuerdo mucho.

-¿No te acuerdas del 7º, 8º y 10º? -Me dijo mamá.

-¡No es eso! Es que no me acuerdo de lo que hicimos los peregrinos aquel día -le dije a máma.

-Bueno -me dijo ella-, a lo mejor es momento de ver que recuerdas de esos nandamientos ahora ¿no?

-A ver, el septimo es no robar: no se quitan cosas de los demás, si encontramos algo no nos lo podemos quedar sin más, hay que tratar de ver de quién es… Y no se cogen las cosas sin permiso.

-Muy bien, ¿y el 8º?

-Ese es el de no mentir. A mí me costó un poquito dejar de mentir, pero me di cuenta de que cuando me mentian a mí no me gustaba nada y que, cuando yo le mentía a alguien, una de dos: o lo descubrían y se ponían tristes, o era muy difícil mantener la mentira. Me acuerdo que la abuela dijo que las mentiras eran como una bola de nieve lanzadas por una pendiente, que empiezan siendo pequeñas y, luego, crecen y se hacen tan grandes que pueden destruir muuchas cosas. Tampoco podemos decir cosas falsas para quedar bien, vale más o no decir nada que mentir, o encontrar algo bonito que sea verdad.

-Veo que lo has aprendido muy bien Clara.

-El décimo lo entiendo pero me cuesta mucho. Es el de no codiciar los bienes ajenos. Que digo yo que podían haber puesto “no tener envidia de las cosas de los demás”. Porque, a ver, todas las niñas de mi clase tienen una tablet y, como tú no me dejas, yo no puedo tener una.

-A ver Clara, tener más cosas no te va a hacer más feliz. Lo importante no es tener cosas o tener más que los demas. Déjame que te lo explique con algo que me pasó de pequeña:

“Por el verano ibamos al pueblo y, allí, los niños de la misma edad jugábamos todos juntos. Había unos niños que tenían de todo y otros no tenían tantas cosas. Yo me llevaba muy bien con una niña que tenía muchos hermanos, pero que tenía pocos juguetes y, sin embargo, era muy feliz.

Resultó que me ragalaron una cometa. A mí me gustaba mucho y fui a enseñarsela a los otros niños. A mi amiga le gustó mucho, pero uno de los niños, de esos que tenían de todo, me dijo: -¡Bah! esa cometa es una birria, no tiene doble mando, ni las varillas son de fibra de carbono, seguro que mis padres me compran una mejor.

Entonces mi amiga dijo: -¡Venga! ¡No hagas caso! Vamos a jugar con tú cometa que es estupenda. El que quiera que venga con nosotras.

Montamos la cometa y, tras varios intentos fallidos, subió un montón. Poco a poco, los niños se fueron uniendo y nos lo pasamos bien todos juntos. Esa amiga me enseñó que lo importante no es tener cosas, sino amigos con los que disfrutarlas. Aprendí a no tener envidia de los demás y a alegrarme con ellos cuando tienen una alegría.”

La verdad es que mamá tiene razón y tengo unas ganas muy grandes de volver a jugar con mis amigos.

¿Y vosotros?

No olvideis que empezamos el mes de mayo que es el mes de la Virgen. Me dicen los catequistas que quieren que les mandéis muchas flores a la Virgen ¿Cómo? Pues enviando dibujos, canciones, poesias, videos lo que se os ocurra…

¡¡Nos vemos!!

El cuarto, el quinto el sexto y el noveno

Hola chicos que tal estáis ?

Yo con unas ganas de que llegue el Lunes para poder salir a pasear un poco, aunque no me gusta eso de que no podamos jugar con otros niños niños me fastidia un poco…Pero al menos podre echar una carrerita.

Bueno mientras tanto os cuento que escribí cuando vimos en el cate el cuarto, el quinto y el sexto

Os gusto?. A mi me trajo recuerdos de aquella merienda! y por supuesto que llame a doña Mercedes que se alegro mucho de volver a hablar conmigo y me dijo que cuando `pasase todo esto tenemos que quedar con los peregrinos a merendar!!!

No hagas esto, no hagas lo otro…

¿Que tal estáis?. Me he animado a volver a escribiros ya que todos seguimos encerrados en casa.

A estas alturas supongo que, como yo, estaréis ya un pelín cansados de estar encerrados en casa y, además, es que no se puede hacer nada. Que no toques esto, que no te quites las zapatillas, que no juegues con el agua , cuidado con los vasos…

Yo ya me he llevado varias riñas esta semana y, encima, cuando llamo a mi abuela para decirle lo pesaditos que están mis padres … ¡Me dice que es por mi bien!

Después de esta llamada, cuando estaba en el ordenador acabando los deberes que hay que mandar al cole, me sorprendió una invitación a un google-meet de mi ¡¡¡Abuela!!! ¡Pero si ella sólo sabía utilizar el teléfono! y además con todos los peregrinos. Claro que me uní, menos mal que, con esto del cole a distancia, he aprendido yo tambien a usar estas cosas.

-He decidido que los peregrinos vamos a volver a andar -dijo mi abuela- y no me digáis que estamos encerrados, hoy vamos a ir al desierto.

Estamos en el desierto del Sinaí y vamos con Moisés que ha liberado al pueblo de Israel de la esclavitud de los Egipcios. Llevamos más de dos meses caminando. Imaginaros, muchas familias con niños grandes y pequeños, cada día caminando por un desierto interminable…

-Pues supongo que los niños se portarían mal y protestarían un montón. -Dije.

-Y no solo los niños, también los grandes, enseguida olvidaron que Dios les había liberado de todo aquel sufrimiento e hicieron cosas que disgustaban a Dios.

Pero no me distraigais, acabamos de llegar al monte Sinaí es el de la imagen. (Ella nos mostró la imagen que os la he puesto en la portada). El pueblo ha puesto ahí sus tiendas y establecido un campamento.

Dios le dice a Moisés que suba al monte y que le dará la Ley, es decir, los mandamientos.

Moisés le pide al pueblo que se porten bien mientras él va a recibir los mandamientos y sube a hablar con Dios.

Se queda muucho tiempo 40 Días con Dios, que le explica muchísimas cosas. Le da los mandamientos escritos en piedra por Él mismo -fijaos escritos por Dios- y le explica que si los hombres guardan los mandamientos serán felices.

Dios no nos da los mandamientos por fastidiar sino por que quiere que seamos felices, es por lo mismo que vuestros padres quieren que seáis buenos.

Pero volvamos a Moisés, ¿sabéis qué pasó cuando bajó?

-No sé -dijo Tomás- se habrían aburrido, supongo…

-Y no sólo eso -dijo la abuela-, habían hecho justo lo contrario de lo que Dios les pedía.

-Entonces ¿Moisés se enfadaría mucho no? -Dije yo.

-Y tanto -dijo la abuela-. Rompió las tablas de la Ley. Diciendo con ello que, si seguían así, la Ley no les iba a ayudar en nada.

-Vaya, pero si los había escrito Dios… -dije yo.

-Sí. Los fragmentos los guardaron en el Arca de la Alianza (eso ya es otra historia para otro día) y, claro, a Moisés le tocó volver a escribirlos. Pero recordad que de aquella se escribía en piedra…

Después de que la abuela nos contase esta historia, pensé que si cumplo los mandamientos y, por tanto, las cosas que me dicen mis papás, igual somos todos más felices…

Pero como yo se que soy un poco como el pueblo de Israel, que en cuanto no miran hago una trastada, decidí pedir ayuda y me fui a la imagen la Virgen de Covadonga, que tengo en la mesita, con el papelito donde pongo un dibujito cada vez que le hago un regalo a Jesús y le dije:

María madre de Jesús y madre mía

Cuida a mi familia y amigos

Cuida a los que trabajan para que todos estemos bien

Cuida a los enfermitos

Y haz que me porte mejor

Por cierto me dicen los catequistas que os echan mucho de menos, así que han puesto este email: catecismodesanpedro@gmail.com para que les escribáis, les mandeis dibujos y les contéis cómo estáis pasando estos días. Algunos dibujos los pondremos en la web y le haremos llegar a vuestra catequista vuestros mensajes.